¿El hogar heteropatriarcal como nudo borromeo de transmisión cultural y económica no ha sido acaso en donde la fuerza vital de creación nos ha sido expropiada, es decir, en ese escenario subjetivo en donde pulsionan también el mal-estar, las crisis y los lenguajes para nombrar la rebelión impotente que muchas mujeres han vivenciado en aquel falo-domus? ¿No es esa la forma en que el capital colonial acumuló en la esclavitud afro-diaspórica e indígena? Conversan Carol Arcos Herrera (San Diego CA) y Luisa Fuentes Guaza (Murcia/Madrid)

Obra cabecera: Reina Congo Elefante (2017) de Virgilio “Tito” Esquina la cual forma parte de la muestra Las Rebeldes. La tradición in(di)visible en MAC de Panamá, curada por Adrienne Samos y Humberto Vélez. Ampliación de info sobre el contexto de esta obra en este artículo Panamá: Ecos del Cimarronaje en el Arte Contemporáneo

Conversación en proceso sobre el acumulado sociohistórico que arrastramos que normaliza las condiciones expropiatorias (intensificadas durante esta crisis sanitaria) de nuestras fuerzas vitales, de esas fuerzas vitales de creación para el desarrollo del asunto vital propio (compuesto por una multiplicidad de trabajos que no encajan en las lógicas del trabajo productivo), que a su vez tiene como consecuencia directa el robo sistémico (y tristemente naturalizado) de las fuerzas vitales y de la potencia económica/psicoestructural de los trabajos reproductivos o trabajos maternos.

Cómo estas condiciones derivan de unas lógicas de beneficio y acumulación constante para la saca simbólica de un macho-blanco-paterfamilias a partir de su capitalismo identitario expropiando-para-ser directamente relacionado con el constructo madre-en-función-padre (Victoria Sau) y con la perpetuación/reproducción de los mismos mecanismos psíquicos de macho-dominación (que perduran hoy día como maltrato contemporáneo sobre los cuerpos mujeres) que funcionaron en los procesos de esclavización de cuerpos secuestrados para la construcción de las blanco-colonias.

Responde, Carol Arcos Herrera (Chile), académica y poeta feminista (University of California, San Diego) y referente en la reflexión sobre los manejos biopolíticos de los trabajos maternos: ¿Cuales son las condiciones en las que estamos cuidado y criando en esta nueva era vital vírica? ¿Alguien del poder sabe el endurecimiento al que nos estamos viendo sometidos los cuerpos maternos durante este totalitarismo vírico?

Me gustaría partir con dos ideas provenientes de dos feministas latinoamericanas con las que he estado discutiendo en un ensayo en curso. Por una parte, quisiera detenerme brevemente en la idea de la apropiación o proxenetización de la propia vida o más bien de la fuerza vital por parte del régimen colonial-capitalístico, como lo entiende Suely Rolnik en Esferas de la insurrección, y al que debiéramos no olvidar de nombrar patriarcal y racista (aun cuando el signo colonial aloje todas esas estructuras de poder). Y, por otra, la idea de Rita Laura Segato cuando escribe en su ya clásico La guerra contra las mujeres que todo poder es resultado de una expropiación inevitablemente violenta (19). Parto de mi lectura de ambas para decir que las condiciones expropiativas en las que maternamos o hacemos trabajo del cuidado son bien conocidas por los dispositivos del poder, su endurecimiento creo responde a la histórica minorización (Segato) respecto de las mujeres y la reproducción de la vida.

Como es bien conocido entre nosotras las feministas por maternidades antipatriarcales, la colonial modernidad articuló un trabajo que quedó en el lado oscuro de las Luces e incluso de los discursos y políticas críticas al capitalismo. Una fuerza de trabajo que muchas feministas desde los 70 en adelante nombramos como trabajo reproductivo y que sabemos opera como una de las esferas vitales capturadas como trabajo muerto en el proceso de acumulación primitiva (en esto, como siempre imprescindible Silvia Federici).

Recordando el texto de Rolnik, ella señala de forma casi visionaria para pensar en nuestra situación pandémica tanto sanitaria como de ascenso fascista, “Una atmosfera siniestra envuelve el planeta. El aire del ambiente, saturado de las partículas tóxicas del régimen colonial-capitalístico, nos sofoca” (25). Esto para decir que el modo de relación entre el capital y la fuerza vital ha cambiado sustancialmente en la era financiarizada y neoliberal a ultranza. La fagocitación capitalista de la fuerza vital ya no se reduce solo a su expresión como fuerza de trabajo, sino que es de la propia vida, de lo que ella define como la fuerza vital de creación, de lo que ahora se alimenta. La proxenetización por parte del capital, entonces, no es solo económica, sino íntimamente cultural y subjetiva. Se trata de un poder que opera de formas más sutilmente perversas y más difíciles de combatir (en este terreno, es importante pensar, por ejemplo, la sociedad del control digital, en cómo nos relacionamos con el tecno-patriarcado).

Estando de acuerdo con el acercamiento de Rolnik a este momento del engranaje de la maquinaria capitalista en términos productivistas, yo me pregunto desde los trabajos maternos y del cuidado, ¿no será esa la forma que históricamente hemos vivenciado las mujeres, no todas en igual medida ni bajo las mismas condiciones de hegemonía patriarco-colonial, claro está?

¿El hogar heteropatriarcal como nudo borromeo de transmisión cultural y económica no ha sido acaso en donde la fuerza vital de creación nos ha sido expropiada, es decir, en ese escenario subjetivo en donde pulsionan también el mal-estar, las crisis y los lenguajes para nombrar la rebelión impotente que muchas mujeres han vivenciado en aquel falo-domus? ¿No es esa la forma en que el capital colonial acumuló en la esclavitud afro-diaspórica e indígena?

Entonces, difiero aquí del argumento que Rolnik está siguiendo a partir de Toni Negri y Michel Hardt. Pues efectivamente el capital nos está despojando de todas las capacidades vitales en este nuevo ciclo imperial, pero eso solo es más claro y elocuente, a mi parecer, si es que estamos pensando en la esfera del trabajo productivo desde la teoría marxista y sus límites.

¿A nosotras se nos han contabilizado nuestras horas de trabajo diario, es decir, de cuántas horas laborales estamos hablando cuando pensamos en el trabajo de maternar y cuidar?, ¿cómo pensar la captura de la fuerza vital de creación desde los procesos patriarcales de subjetivación, los que nos hacen a nosotras las mujeres no poder decidir con autonomía jurídica sobre nuestros cuerpos y deseos? El trabajo del cuidado es el campo de la fuerza vital que queda fuera del argumento de Rolnik, al menos en lo que respecta a esta zona de su pensamiento.

La pandemia. Yo prefiero no hablar de totalitarismo vírico, pero esa es una discusión larga que no alcanzo a cubrir aquí. Solo diré que, si bien muchos gobiernos han utilizado sus andamiajes represivos en nombre de la sanidad, en esto, por ejemplo, Chile es un caso bastante ilustrador (desde marzo, aunque ya la administración de Piñera venía haciéndolo desde la revuelta de octubre, hasta hoy se perpetúa el toque de queda), otros han ejercido su tanatopolítica desmintiendo los efectos del COVID-19. Por ejemplo, llevar mascarilla hoy aquí en Estados Unidos es un acto antitrumpista, antifascista y antirracista (varias veces he recibido burlas por andar con mascarilla en la calle). Volviendo a mi argumento principal, la pandemia ha vuelto más evidente este “desajuste” en el libreto de la izquierda, ¿cómo contabilizar, dividir (en el sentido, de una distribución más justa al interior de los hogares), remunerar, etc., el trabajo de los cuerpos maternos o sostenedores? 

Y en relación con esto, Segato (como tantas otras feministas anticoloniales y antirracistas) me parece tan imprescindible para pensar hoy en cómo opera la violencia del patriarcado colonial/moderno. Si volvemos a la idea inicial que recuperaba, esto es, que el poder es resultado de una expropiación violenta, podemos decir que nuestra fuerza vital de creación continúa siendo capturada de forma creciente (como lo ha sido desde la articulación colonial moderna del hetero-patriarcado), incluso en países en donde paradójicamente se han logrado avances importantes en relación con la violencia de género contra las mujeres.

La construcción feminista de un común que se haga cargo del trabajo de maternar y cuidar requiere que pensemos y tejamos maternidades desde la idea de una función maternal antirracista, anticolonial, anticapitalista (en ese sentido, también ecofeminista) y fuera de las lógicas exclusivamente heterosexuales. Por eso, Luisa, recojo tu idea de cuerpos sostenedores. Cuerpos maternos y cuerpos sostenedores que desmiembren la gramática del falo-capital e intervengan en la cimentación no solo de un nuevo modelo económico, sino de otro devenir de lo común.

Responde, Luisa Fuentes Guaza, impulsora de esta plataforma y coordinadora del grupo de estudios sobre maternidades o trabajos maternos en Departamento Actividades Públicas MNCARS, a la pregunta que abre, Carol Arcos Herrera: ¿el hogar heteropatriarcal como nudo borromeo de transmisión cultural y económica no ha sido acaso en donde la fuerza vital de creación nos ha sido expropiada, es decir, en ese escenario subjetivo en donde pulsionan también el mal-estar, las crisis y los lenguajes para nombrar la rebelión impotente que muchas mujeres han vivenciado en aquel falo-domus? ¿No es esa la forma en que el capital colonial acumuló en la esclavitud afro-diaspórica e indígena?

La acumulación sólo es posible mediante la expropiación. Los cuerpos maternos sabemos mucho de esto, lo vivenciamos cada día porque no paramos de trabajar y no acumulamos, sino todo lo contrario, entramos en un lugar devaluado según las lógicas del poder.

Partiendo que los trabajos maternos se asumen desde diferentes coordenadas, comparto contigo que opera una estructura de dominación psíquica o territorio psíquico de dominación que normaliza el maltrato de la modernidad sobre nuestros cuerpos devaluados, la cual (dicha estructura de dominación psíquica) posibilita que hoy día, en contextos que supuestamente son igualitarios, la expropiación de la potencia económica, estructural, social, intelectual y psicoafectiva de los trabajos maternos sea algo naturalizado. Forma parte de un mandato imbricado en la confusión que existe entre los trabajos reproductivos, los esencialismos y todo el aparataje de la romantización -muy desarrollado en todo el proceso de blanqueamiento de las crianzas.

Esta estructura de dominación psíquica permitió la esclavización de los cuerpos secuestrados procedentes de África y de cuerpos originarios de Abya Yala durante los siglos de blancocolonización para que el pater, los blanco-pater, los falopater, los macho-blancopater, pudieran seguir con sus derivas neuróticas de acumulación de capital como parte de ese impulso, profundamente colonizado en sus profundidades inconscientes desde un protocapitalismo identitario, que articula esa falo-identidad, tan suya, de expropiando-para-ser como manera de construirse/proyectarse a partir del robo del trabajo ajeno.

Es curioso darnos cuenta del refuerzo constante sobre constructo “paterfamilias” como figura contemporánea equivalente a equidad y justicia, que todavía funciona en nuestro ordenamiento jurídico, la cual expropia de manera sistemática la potencia económica de los trabajos maternos a partir de unas narrativas, estériles, de romantización que perpetuan la sustracción del valor, en términos productivos, de nuestros trabajos a cambio de asegurarnos una ficción de bienestar/seguridad psicoafectiva normativa –la cual no puede ser entendida como tal si parte de una estructura de vinculación psicoafectiva basada en la opresión, jerarquización y negación de la propia autonomía vital/identitaria de cada cuerpo- y del manejo, según sus arbitrariedades, sobre la pertenecía o no al grupo consanguíneo pertrechado por chantajes logístico/emocionales.

Esto funciona, tal cual, en la expropiación de la potencia de los trabajos maternos por parte de un sistema machoblancopater que niega, que nos niega, el valor irrefutable para la continuidad de los cuerpos animales-humanos sobre el planeta Tierra. Cosa que dicha así es muy evidente, pero que en nuestra práctica de hacer diario, en la manera de desarrollar nuestro asunto vital, sigue funcionando bajo confusiones muy soterradas que legitiman tal expropiación, y que, además, nos revelan la urgencia de un proceso (en el que estamos a nivel internacional desde las actuales luchas reproductivas) de desentrañamiento, de despliegue, para deshacer todo ese macho-lío-blanco-patriarcal que posibilita el robo normalizado de la potencia económica de nuestros trabajos maternos, similar al robo de las fuerzas vitales durante la configuración del régimen blanco-colonialextractivista en Abya Yala. 

El blanco-paterfamilas tiene naturalizado como mandato irreversible (pura ficción que ya comenzamos a disolver, afortunadamente) que todos los cuerpos que le rodean (cuerpos animales-humanos, cuerpos animales no-humanos y cuerpo viviente-naturaleza), le pertenecen, y por lo tanto, todo el trabajo generado por esos cuerpos articula su expropiando-para-ser. Sin temblarle el pulso. Utiliza el robo sistemático y la confusión psicoafectiva para esconder sus profundas dependencias, sus profundas vergüenzas, y lo maneja como algo legítimo ya que lo siente justificado por todo un acumulado socio-histórico sobre lo entendido como “natural”, olvidando que tal acumulación “natural” parte de la opresión, de las asignaciones forzosas de género hacia millones de cuerpos, de la esclavitud vital general, la esclavitud doméstica y la esclavitud sexual. Que toda esa supuesta legitimidad está anclada en nuestra ceguera, en la ceguera de los cuerpos mujeres, y con mayor hondura, en la ceguera de los cuerpos maternos, como consecuencia de la confusión en la que nos ha sumido el macho-lío-blanco-patriarcal durante siglos.

Además su expropiando-para-ser ha logrado inocular en nuestros cuerpos, y en los cuerpos exclavizados históricamente, los mecanismos del maltrato de la modernidad, muy normalizados en nuestros entornos, que han sido parte de la estructura facilitadora de todo el proceso de exclavización en Abya Yala.   

Mecanismos que, hoy día, posibilitan la expropiación del trabajo que se acumula en los hogares nucleares/heteronormativos donde es, pan de cada día, la esclavitud psicoafectiva, esclavitud doméstica, esclavitud sexual y esclavitud atencional/energética (aquella que exige que el foco de atención esté centralizado en las creencias del paterfamilias). Aquí, en este proceso de expropiación de las potencias, y como comentabas, de las fuerzas vitales de creación (en muchas direcciones), encontramos un entramado que hace posible la perpetuación de la confusión macho-lío-blanco-patriarcal que a su vez posibilita la expropiación del valor y potencia de los trabajos maternos. Entramado armando por el aislamiento/soledad (1) una vez que los cuerpos maternos asumen los trabajos reproductivos. Negando –gravemente- las condiciones deseables logísticas y psicoafectivas durante el puerperio (situado, aproximadamente, durante los dos primeros años de sostén del cuerpo materno de su criatura) para un respetuoso desarrollo durante esta determinante etapa del trabajo reproductivo en condiciones de bienestar o buen vivir.

Estado vital (aislamiento/soledad) que posibilita el control sobre nuestros cuerpos, al igual que el cansancio como herramienta de manipulación social básica, y sitúa el trabajo materno en un lugar desposeído, un lugar, como dice la pensadora, Maite Garbayo, “de pérdida continúa”, ante la negación e imposibilidad de una estructura comunitaria, de una estructura de distribución de cuidados (no condicionada a las arbitrariedades emocionales de los vínculos consanguíneos) que posibilite la colectivización del sostén de las criaturas y que facilite las condiciones necesarias (como nos dice Federici en “Reproducción en punto cero”) para el desarrollo de los demás trabajos que se acumulan en los cuerpos maternos, o lo que es lo mismo, para que nuestros cuerpos puedan seguir desarrollando nuestro propio asunto vital (¡demanda prioritaria!) configurado por un crisol de trabajo intelectual, trabajo “productivo”, trabajo de logística/matérico/doméstica, trabajo de logística/exterior/familiar (aquella que propicia estímulos sociales, intelectuales, culturales, apegos seguros y el sentimiento de pertenencia no-patercentrada), trabajo psicoafectivo interno/social y demás trabajos no enfocados en la supremacía/totalitaria del trabajo-asalariado como único trabajo legítimo (y con esto dejamos claro que no estamos en unas luchas reproductivas esencialistas, ya que nadie ansía la configuración identitaria a partir del trabajo materno, sino el reconociendo del trabajo materno como uno de los trabajos no reconocidos que se acumulan sobre nuestros cuerpos).

Otro eje de este entramado es la inoculación (2) sobre nuestros cuerpos de la legitimidad del macho-pater expropiando-para-ser que tiene como consecuencia la madre-función-del-padre (Victoria Sau). Aquí se revela todo un profundo territorio por desentrañar, por desmontar, que parte del proceso de despatriarcalización de nuestros profundas pulsiones y dinámicas inconscientes cuando logremos desactivar la lógica macho-expropiadora que nos dice que la fuerza vital de un cuerpo está en función-de-otro en base a unos argumento socio-históricos que conforman el macho-lío-blanco-patriarcal, ese que nos sumerge en la confusión sistémica/histórica de la que estamos logrando salir al redirigir nuestras fuerzas y potencias hacia nuestro propio asunto vital, hacia nuestros propios deseos y expectativas. Como escribe, la pensadora, Marta Malo, en  Estamos para nosotras. Siete tesis para una práctica radical del cuidado (2020) “(…) <<estar para el otro>> está en el núcleo de la socialización femenina en nuestras sociedades. Helene Cixous ya habla de ello en la risa de la Medusa, cuando describe la subjetividad masculina como “yo para sí” (yo en armas, paranoico, defensivo) y la femenina como “yo para el otro” (disponible, poroso, derramado)”. O, a estas alturas de la mutación/revolución feminista, ¿no somos ya saberdoras de cómo nuestro ser se ha ido desarrollando sorteando macho-expectativas o sistemas de falocreencias que nos obligaban a gastar parte de nuestra despensa psicoenergética en no sucumbir a sus macho-manejos? 

Como cierre de este entramado que posibilita la expropiación que vivimos, situamos la negación de la potencia económica existente en los trabajos maternos como prácticas continuadas en el tiempo con un fin determinado. Negación que imposibilita el reconocimiento del valor monetario o valor en términos de equivalencia o coste de oportunidad del inmenso caudal de horas invertidas en los trabajos maternos, siendo horas trabajadas que no pueden ser destinadas en otras prácticas continuadas, por lo tanto en otros trabajos (en este reciente informe en Argentina calculan que el valor del trabajo doméstico no remunerado constituye el 16% del PIB. También habría que entrar a desentrañar la tipología de trabajos que se acumulan en esa caja de pandora llamada trabajo doméstico). Lo cual genera estructuras de dependencia económica/logística e imposibilita la emancipación de los cuerpos que asumen trabajos reproductivos no remunerados.

Algo similar a la situación de lxs esclavxs durante las blanco-colonias que negaban a los cuerpos exclavizados poder disponer de la potencia económica generada por sus horas de trabajo y con ello desarrollar un asunto vital autónomo (aquí conecta con la normalización de la esclavitud contemporánea que vivencian en sociedades blanco-capitalista cuerpos procedentes de contextos devaluados al verse obligados a renunciar al desarrollo de sus trabajos maternos para asumir trabajos maternos ajenos externalizados/remunerados en condiciones que imposibilitan el desarrollo de su propio asunto vital).

También es muy revelador recordar que cuando los cuerpos exclavizados lograban huir de la estructura/territorio de dominación psíquica del macho-opresor colonial, en la zona del Caribe Negro Panameño, se establecían como cimarronas/cimarrones en los Palenques como unidad política-geo-espiritual autosuficiente en plena naturaleza a partir de dinámicas comunitarias, como recuerda la activista afrodescendiente, Miroslava Herrera, los Palanques son enclaves comunitarios donde a pesar de hablar diferentes lenguas y tener orígenes muy diversos, sobreviven en unidad. Las mujeres guardaban semillas en su cabello, usaban sus trenzas para llevar las rutas de escape. Con el tiempo y los brutales efectos de la esclavitud, estas comunidades se tornan matriarcales como lo evidencia la cultura congo. En esta cultura, recientemente declarada como patrimonio inmaterial de la humanidad, la figura central (y ritual) es la reina, quien es una especie de guardiana, consejera, juez de paz, maestra, cantalante (género musical y baile autóctono panameño) y guía espiritual del palenque. Hoy hay valores esenciales de este movimiento que debemos rescatar: un sentido de comunidad, la diversidad que la sostiene y la valentía de tomar la libertad como destino.

¿Será que cuando logramos escapar del macho-lío-blanco-patriarcal, de sus lógicas de expropiación/acumulación, de su expropiando-para-ser se centraliza la vida como nudo principal por revolver de manera comunitaria y, por lo tanto, pasa a ser prioritario en qué condiciones los cuerpos que propician la continuidad de lo vivo asumen los trabajos maternos?

(Conversación en proceso)