¿Tenemos normalizada la explotación del cuerpo materno como herramienta pública?, ¿cuerpo-materno como cuerpo-explotado?

Obra: Tale (1992) de Kiki Smith

Hace unas semansa estaba en la sala de observación de Urgencias en un hospital público de Madrid con mi hija mayor de cuatro años. Teníamos que estar unas cuantas horas por un virus estomacal. A nuestro lado estaba una mamá con su criatura de 12 meses -yo también tengo una segunda hija de esta misma edad-. La enfermera le preguntó si daba el pecho y la madre dijo que no. Entonces la enfermera le informó que tenían que ingresar al bebé 24 horas. Fui testigo muda de todo el episodio.

De pronto, mi primer pensamiento domesticado de maternidad de intensificación neoliberal como cuerpo-gestante y cuerpo-sostenedor euroblanco/a de clase media fue: “Entonces, yo que sigo dando la teta a mi segunda niña estoy ahorrándole mucha pasta al sistema sanitario. Bien. Que “buena-madre” soy. Papito-estado-nación-pater-familias, ¿lo estoy haciendo bien, ¿verdad?. ¡Menos mal! Si no puedo ser expulsada de las mieles de tu aceptación”.

Tras los automatismos que tenemos metidos en el tuétano por el eficiente sistema de disciplina social en el que estamos todos metidos y, fuertemente, las mujeres o lo que es lo mismo, el constructo socio-histórico “cuerpo-comunidad-femenino”, pensé: ¿cómo puede ser que si mi cuerpo está trabajando para alimentar a un ser humano, animal-humano, que luego se va a convertir en una fuerza de trabajo para el sistema no tenga ayuda pública o no esté reconocido éste trabajo materno como tal?, ¿no somos, tanto mi criatura como yo, elementos constitutivos del sistema?, ¿qué pasa con un cuerpo que trabaja día y noche?, ¿esto está fuera de las lógicas de producción tardo-capitalistas?, ¿cómo puede ser que el cuerpo materno pase a ser parte de un sistema de alimentación humana y no tenga ningún tratamiento a nivel público como tal?. Porque la industria alimenticia si recibe subvenciones etc dada la “esencialidad” de la actividad que realiza en la rueda de la subsistencia.

¿Debemos asumir ésta carga de trabajo extra por la herencia que soportamos sobre nuestros hombros de haber naturalizado los cuidados y afectos desde la división sexual del trabajo?. Si pongo mi cuerpo como herramienta pública según las actuales narraciones de lo que se considera una crianza desde la “ideología de lo correcto”, ¿no estoy dentro del sistema de producción?

Esto me llevó a pensar en el flaco favor que nos hacen las actuales corrientes de neoapego que articulan modelos de crianza que se asemejan a criar dentro de una especie de comunidad menonita –a propósito de esto recomiendo Luz silenciosa (2007) de Carlos Reygadas- pero siendo parte de una sociedad urbanita/individualizada donde la “buena madre diligente” pasa a ser una especie proveedora del s.XVI, olvidada de sí misma, que alimenta de manera infinita a sus descendientes. Donde se refuerzan los roles de género a saco. Siendo estos “modos” de hacer una peligrosa ideología ante la que debemos estar atentxs, pero teniendo presente que no debemos dejarnos arrasar por el carácter esencialistas de estas prácticas menonitas, porque de esa manera -descartando todo lo que históricamente se relaciona con la construcción identitaria del género- dejamos fuera de dimensión política los bio-procesos o procesos encarnados o corpoexperiencias que atraviesan al cuerpo-gestante y cuerpo-sostenedor.

No podemos ser tan ingenuxs asumiendo prácticas de trabajo materno que refuercen el constructo socio-histórico de “madre-proveedora-abnegada” pero si tenemos que abrir otros espacios para resignificar los procesos encarnados o bio-procesos como lugares de corpoexperiencia a partir de prácticas y maneras de maternar y organizar el trabajo materno que no sedimenten las construcciones identitarias del patriarcado. ¿Cómo podemos hacer esto?

¿Cómo puede sostener un cuerpo una crianza con apego y una lactancia prolongada sin convertirse en dependiente dentro de una sociedad utilitarista/falocéntrica?, ¿convirtiéndose en un sujeto reproductivo y productivo al mismo tiempo?, ¿esto no trabajar de día y de noche, non stop, y sin remuneración?, ¿no hay trampa aquí?

¿Nos estamos olvidando, bajo la óptica de éstos modelos de neo-apego actuales, que la alimentación en su dimensión multifocal (orgánica, emocional y social) es un acto de corresponsabilidad que tenemos que exigir como comunidad?, ¿estamos olvidando que la alimentación es una responsabilidad colectiva? No sólo de la familia, o del dichoso formato nuclear que nos tiene a todos enjaulados, sino de estructuras sociales por montar, por hacer, que puedan promover condiciones de igualdad, indispensables, para alcanzar una práctica social emancipada y autónoma respecto a cualquier tutela.

¿Qué pasa con tales exigencias para el cuerpo materno?

Intentar desmontar esta creencia de explotación naturalizada nos precipita hacia el principal anclaje de disciplina social responsable de la normalización del cuerpo-comunidad-femenino como cuerpo-explotado: la tutela sobre el cuerpo materno como herramienta pública. Normalización que nos atraviesa y que luego es trasvasada a la crianza de manera automática.

Se asumen una negación total del cuerpo como cuerpo con límites físicos-emocionales-psicológicos. Abrazando la idea del cuerpo-capitalizado como una máquina que forma parte de un engranaje mayor. Que nunca descansa. Porque si eso sucede –en términos de progreso- no es eficiente. Fracasa. Donde se asume un nivel de auto-disciplina en plan histriónico. Negando el cuerpo como cuerpo que puede morir. Viviendo el cuerpo como un cuerpo auto-censurado. Viviendo la crianza, y el trabajo materno, como una tarea más del sistema reproductivo y productivo, no como experiencia de aprendizaje del propio cuerpo que madura-envejece y busca la propia soberanía. No como una transformación interna del ser. No como un cuerpo que se ve atravesado-afectado por otro cuerpo, ya sea pariendo o criando, para avanzar. Olvidando que hay que celebrar el cuerpo como sujeto que reconoce lo-otro. La alteridad como sujeto semejante al propio cuerpo, lo cual genera un sujeto plural que no existe sin un “yo” colectivizado por el todo y esto, a su vez, desmonta el cuerpo como ente individual y cosificado.

Porque al aceptar el límite uno acepta que el cuerpo está funcionando como una herramienta más facilitadora de todo el conjunto de actividades que conforman el trabajo materno destinado a que un ser dependiente pueda sobrevivir. 

¿Estamos, quizá, compensando la propia asimetría del sistema de conciliación de la crianza o las carencias del formato de familia nuclear a expensas de una carga de trabajo sin igual sobre el cuerpo materno?, ¿no es en realidad una narración creada por una maternidad neoliberal para sacarnos el doble de pringue –ser personas productivas y reproductivas- y dejarnos agotadas?, ¿no encierra todo éste entramado una explotación -fortísima- para el cuerpo materno?.

Porque cansadas, no pensamos bien. Cansadas, no podemos focalizar en el movimiento interno necesario, que exige mucho trabajo personal, para poder continuar con la emancipación que incluye una maternidad emancipada –que a su vez incluya nuestras tetas, leche y trabajo físico, como tal-. Para poder desprendernos de las tutelas que rigen nuestro cuerpo y poder, así, desarrollar una crianza donde la explotación física no sea asumida como baluarte de eficiencia.