“La maternidad, la crianza, convocan una suerte de economía de la pérdida, que de algún modo podría amenazar las lógicas propias del neoliberalismo. Esto no solo se debe a que (aunque a veces nos pese) interrumpen drásticamente nuestra productividad, sino también a que están centradas en el don. En los tiempos que corren, y en nuestros contextos, donde parece que cada vez tenemos menos tiempo, dar por dar, sin esperar ni exigir recompensa o rentabilidad, además de ser cada vez más raro, te precariza y te empobrece, te sitúa del lado de la pérdida, en una lógica contraria a la imperante”. Maite Garbayo

Obra cabecera: Limitada (Limited), 1978/2013 de Marie Orensanz en archivo online de Radical Women. Latin American Art 1960-1985. Credit Line: Collection of Marie Orensanz; courtesy of Alejandra von Hartz Gallery

Converso con la doctora, historiadora y pensadora feminista, Maite Garbayo (Pamplona, 1980), cuya práctica de investigación ahonda sobre cuestiones relacionadas con cuerpo, performance, presencia, arte y cultura visual, desde posiciones atravesadas por los feminismos. Su vivencia personal/profesional pasa por casi 10 años en México, primero como estudiante, y después investigadora postdoctoral (UNAM) y Académica en el Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana (México). Además forma parte de la Red de Conceptualismos del Sur, y es autora del imprescindible episodio histórico Cuerpos que aparecen, performance y feminismos en el tardofranquismo (Consonni, 2016).

Garbayo nos narra cómo aterrizó en la subalteridad una vez que comenzó el trabajo materno, pero lejos de articularlo como un lugar imposibilitador lo propone como lugar de potencia. Señala las lógicas de autoexplotación a las que estamos sometidas, las violencias a las que nos arroja la invisibilidad política de los procesos encarnados por parte de la normatividad que nos envuelve, lo poco permeable de la teoría crítica sobre el nudo de la maternidad, la vuelta al cuerpo cuando se materna, a la finitud, a la demandas de las carnes, de las pieles, de los cuerpos.

Luisa- Maite, ¿no crees que el territorio político/doméstico en el que aterrizamos una vez decidimos ser cuerpos gestantes y/o sostenedores nos niega como seres emancipados, niega nuestro cuerpo y, como clara estrategia de esta negación, se niegan los procesos encarnados que nos atraviesan, negando unas bionecesidades que deberían tener su correspondiente tratamiento político/público?

Maite- La negación/usurpación de los cuerpos de las mujeres (gestantes o no) lleva tantos siglos siendo una constante que está completamente naturalizada. Ahora bien, creo que el grado de negación/usurpación depende de cuál sea el contexto en el que cada una de nosotras “aterriza”.

Es difícil hablar de “la maternidad”, se estaría esencializando una experiencia que es imposible esencializar. La maternidad se da en muchos contextos y situaciones, que pienso que pueden ser más determinantes que el hecho de maternar en sí. Por eso en esta entrevista hablaré desde una maternidad situada, la mía propia. Una maternidad blanca, europea, heterosexual, con estudios universitarios. Una maternidad compartida en un 55 vs 45 % con mi pareja, con apoyos familiares, pero enmarcada en una situación de precariedad laboral y económica acuciante, y por tanto en la inseguridad, en la incertidumbre y en el miedo.

Supongo que mi maternidad es una experiencia muy diferente (y privilegiada) si la comparamos, por ejemplo, con la maternidad que experimenta la mujer migrante y racializada que vive dos portales más abajo de mi casa, que además de tener que lidiar con una precariedad laboral y económica mucho mayor que la mía, soporta de forma continua el racismo social e institucional. Pero también es muy diferente a la de algunas amigas mías, académicas o profesionistas situadas en algunos países de Latinoamérica, que pueden pagar por los trabajos domésticos y de cuidados y se ven liberadas de ellos, pudiendo dedicarse únicamente a investigar y a pasar lo que ahora se llama “tiempo de calidad” con sus hijas/os.

Yo he vivido la maternidad como un espacio de subalternidad, como una posición en la que me he sentido más vulnerable que nunca. No subrayo esto, necesariamente, como algo negativo, porque creo que precisamente aquí se halla la potencia más transformadora de la maternidad. En esta vulnerabilidad, como posición abierta, receptiva, como espacio de autoconsciencia, de aprendizaje…, pero también como lugar de enfado, de rabia, de queja y de protesta.

Cuando me hablan de la dureza de la maternidad, suelo responder que lo que es duro no es maternar por sí mismo, sino maternar aquí, en medio de esta sociedad tan hostil, tan machista y tan neoliberal. Fuera de este contexto tan poco amable, imagino maternar como una experiencia llena de amor y ternura, como un encuentro con el propio cuerpo y con el cuerpo del otro/a, no exento de tensiones y conflictos, pero absolutamente transformador.

Pero en este, como tu dices, territorio en el que aterrizamos, aunque a veces “robamos” un poco de tiempo para vivir algo de todo esto, somos también arrojadas a toda una serie de violencias (médicas, estatales, institucionales, sociales…), que son las que convierten la maternidad en una experiencia ardua. Recuerdo los primeros meses después de que naciera mi hijo, solía hablar mucho con una amiga que también acababa de ser madre, y la pregunta más recurrente que nos hacíamos era: ¡¿cómo es posible tener que criar en estas condiciones?! Nos referíamos, sobre todo, a la soledad derivada de la total individualización/nuclearización del cuidado, pero también a la violencia institucional (la Seguridad Social me sometió a una inspección de trabajo durante el puerperio), o a la fuerte presión e incomprensión a las que estábamos sujetas por la imposibilidad de cumplir con los deadlines y los compromisos de trabajo en nuestra nueva situación, donde el tiempo que teníamos para dedicar a algo que no fuera el cuidado se había reducido drásticamente.

En tu pregunta mencionas también que se niegan los procesos encarnados que nos atraviesan, y en esto estoy muy de acuerdo contigo. Recuerdo algo que me impresionó bastante. Antes de parir, la atención en la sanidad pública a la embarazada es constante, pero en cuanto expulsas al bebé te conviertes en un cuerpo que ya no importa. Todo se centra en la atención al recién nacido, y a tí te dan una cita en cuarenta días para certificar que ya pasó la cuarentena, y ahí te dejan: con un cuerpo totalmente transformado, abierto y dolorido, con la obligación de apañártelas para amamantar a tu hija/o como buenamente puedas y sumida en un cóctel hormonal-emocional difícil de gestionar.

Si, aquí es como si la maternidad no pasara por el cuerpo. Esto se ve muy claramente, por ejemplo, en la cuestión de la transferencia del permiso de maternidad al padre. Me parece muy bien que las mujeres que hayan parido puedan decidir no completar su permiso de maternidad, y es muy legítimo que algunas prefieran transferírselo al padre para poder seguir trabajando. Lo que me parece tremendo es que las mujeres llevemos años quejándonos de la insuficiencia de las bajas maternas en este país, mucho menores y con peores condiciones que en la mayoría de países europeos, y esta demanda siga sin atenderse, pero sí se haya atendido la posibilidad de alargar la baja por paternidad disminuyendo la de maternidad. Atender esta demanda mientras no se atiende la que solicita alargar la prestación por maternidad, muestra que se niegan nuestros cuerpos y los procesos encarnados que vivimos. Lo que hay que hacer son políticas y cambios que garanticen el descanso, la recuperación física y emocional de las mujeres que han gestado y han parido, y permitir que puedan, si así lo desean, dedicarse a la crianza durante el tiempo que necesiten, que son temas que esa transferencia está muy lejos de solucionar (tampoco creo que solucione las altas tasas de escaqueo masculino en cuestiones de crianza).

Como sabemos, aquí es el trabajo lo que está en el centro, la vida es secundaria y se supedita a él. Incluso buena parte de los debates sobre crianza (también desde ciertas posiciones feministas) ponen el acento en buscar formas para compatibilizarla con el trabajo, cuando el acento debería estar en cuestionar la forma en que hemos naturalizado esa centralidad del trabajo y cómo nos plegamos a ella hasta el agotamiento.

Luisa- ¿Sientes que la maternidad es un asunto expulsado de las problemáticas de la práctica artística contemporánea?, ¿vendrá este desinterés por la patriarcalización de nuestro cuerpo al haber sido expropiado históricamente para responder a las demandas de capitalismo inicial y por eso no interesa la maternidad?, ¿no importa nada relacionado con la maternidad por su relación con la lógica neofascista de lo normal, lo-natural, lo-patriarcal?

Maite- La verdad es que no me preocupa que no haya trabajos artísticos que tematicen la maternidad. Pero esto es porque pienso que las prácticas artísticas no deberían estar obligadas a “hablar sobre”. Y también pienso que lo interesante y lo subversivo de los lenguajes artísticos no está necesariamente en su adscripción a una temática concreta, sino más bien en el hueco, en lo no dicho, en lo que aparece, en lo que nos asalta, en lo que nos activa… Para hablar sobre maternidad ya tenemos estas entrevistas tan interesantes que estás haciendo, algunos foros de debate feminista, o el ámbito de la teoría crítica (en el que, por cierto, sí que pienso que se ha hablado poco sobre maternidad). Para mí la maternidad es un proceso, algo que te pasa por el cuerpo, y que de algún modo impregna todas las cosas que haces. Por ello, pienso que la maternidad siempre ha estado apareciendo, de modos distintos según las épocas y los contextos, en las prácticas de las artistas, y sigue apareciendo hoy en día. Siguiendo una genealogía de aquello que ha sido canonizado como arte en occidente, se me ocurren muchos nombres: las pintoras impresionistas (sobre todo Mary Cassat); Francis Bartolozzi o Manuela Ballester en España en los años 30; en los 60s Nùria Pompei; algo más tarde Léa Lublin, Polvo de Gallina Negra (Mónica Mayer y Maris Bustamante), María Evelia Marmolejo, Mary Kelly, Ulrike Rosenbach…; y más recientemente… Rineke Dijkstra, algún trabajo de Itziar Okariz, también Catalina Bauer, Mujeres Creando, Nuria Güell, Oriana Eliçabe, Txaro Arrázola, María Ruido, etc, y muchas más.

Lo que sí me preocupa es que no se hable sobre maternidad en los contextos laborales/institucionales en los que se inscriben las prácticas artísticas contemporáneas. Aquí, en general, sí que pienso que la maternidad se niega y se invisibiliza, como se niega o se pasa por alto (a pesar de ser por todas/os conocida) la precarización absoluta de quienes trabajamos en el sector del arte contemporáneo. Que se invisibilicen la maternidad y la crianza nos precariza todavía más, y pone de manifiesto la enorme incompatibilidad entre criar y un tipo de trabajo que requiere disponibilidad total, flexibilidad extrema, hipermovilidad constante, competitividad … y en el que escasean los contratos estables, y por tanto las prestaciones laborales de cualquier tipo, (vacaciones, bajas, jubilaciones…). La crianza, en medio de este marco de desprotección e incertidumbre, se convierte en una carga que pesa, que impide avanzar, que de algún modo te deja fuera de esta carrera de fondo, precarizándote aún más. ¿Cómo darle la vuelta a esto?

A mí me ha supuesto mucho malestar, creo que todavía vivo una gran contradicción. Pero me he dado cuenta de que la maternidad (o la crianza), es una oportunidad para poner un poco de freno a esta autoexplotación desmedida a la que nos entregamos con poco espíritu crítico, en la que el trabajo, como ha señalado Isabell Lorey, “reclama a la persona en su totalidad”, invadiendo todos los ámbitos de nuestras vidas. En este sentido, creo que la crianza es un espacio de subversión, o al menos un espacio de posibilidad, de apertura a otras formas de situarnos en la vida.

Aún así, es difícil interiorizar esta cuestión y parar. A las mujeres de mi generación, nos han educado para ser autónomas, para poner siempre por delante nuestra “realización” profesional. Y pienso que buena parte de nuestro deseo va en esa dirección. Los discursos del feminismo blanco y liberal preponderante durante las décadas de los setenta y los ochenta postularon la independencia económica y afectiva y nos enseñaron a valorar la autonomía personal por encima de todas las cosas. Desde esta posición, quizá necesaria en aquel momento, la maternidad ha sido leída como una obligación patriarcal, como una carga y como una cárcel para las mujeres. Frente al discurso hegemónico que mistifica, pacifica y dulcifica la maternidad, el discurso feminista liberal (que en algunos contextos está empezando a ser bastante hegemónico, por cierto), la denosta.

A mi esta posición, ahora, me parece simplista y paternalista, y además creo que a estas alturas ya nos ha quedado muy claro que nuestra supuesta emancipación no vendrá de la mano ni de la explotación ni de la autoexplotación laboral (de hecho, más bien, ahí está nuestra sujeción). Las críticas de un cierto feminismo a la opción de maternar proceden de considerarla una amenaza para la autonomía. Yo misma he escuchado numerosas críticas por parte de otras feministas de mi entorno personal cercano: por lactar a demanda y, a su juicio, demasiado tiempo, por dormir con la criatura, por una “excesiva” cercanía, por llevarme al niño (y al padre de cuidador) a un viaje de trabajo bastante largo en lugar de irme sola… Comentarios que apelan no solo a la autonomía de la madre, sino también a la de un bebé de un año (por ejemplo: “este niño no es autónomo”). ¿Cómo va a ser autónomo un bebé de un año? Y, por otro lado, ¿a quién le interesa esa noción de autonomía, que viene de la modernidad occidental e ilustrada, y que es colonial y profundamente patriarcal?

La maternidad y el cuidado de otrxs nos devuelven al cuerpo, al peso del cuerpo, a las condiciones materiales de la carne. Nos recuerdan aquello que habíamos olvidado: que fuimos cuidadas y volveremos a serlo, y que la ilusión de autonomía no es más que una falacia neoliberal, que en la práctica solo pueden performar durante un tiempo determinado algunos sujetos que ocupan posiciones privilegiadas de género, raza y clase social.

Luisa- A veces creo que la manera de vivir la maternidad en libertad sería volver al cuerpo, aceptarla como experiencia de afectación física entre un cuerpo y otro, no como proyecto bajo las expectativas neoliberales materiales (maternar no va de poseer más metros cuadrados o de estar asalariada) sino más bien de integrar la maternidad de otra manera, sin ser un destino final, sino una decisión corporal que puedes tomar en cualquier momento de tu vida fértil apoyándote en organizaciones de crianza no-normativas y en un sistema público-doméstico que lo retribuye y lo valora. Asimilar que lo determinante en el trabajo materno es aceptar esa responsabilidad profunda e irreversible junto la disponibilidad física y emocional y así poder incorporarlo en cualquier momento de tu vivir, sin tener que esperar a “fabricar” ese supuesto escenario de expectativas materiales donde el cuerpo materno está agotado e imposibilitado. ¿Qué te parece?

Maite– Me parece una utopía, difícil de materializar en medio de la cruda realidad en la que estamos situadas. De hecho, creo que las estructuras que nos rodean apuntan en dirección contraria: mayor precarización, mayor incertidumbre, mayor individualización, amenazas periódicas de desmantelamiento de los sistemas de protección social… Es decir, neoliberalismo salvaje.

Lo que sí podemos hacer, quienes todavía tenemos la oportunidad, es buscar o imaginar fisuras por las que fugarnos, aunque sea un poco. Y como he señalado más arriba, la vuelta al cuerpo, desde una perspectiva crítica, más allá de posiciones esencialistas, creo que puede ser un punto de partida para interrumpir las lógicas que nos neutralizan o, como tu dices, que nos agotan e imposibilitan.

Para mí, la parte más placentera de la maternidad ha sido ese cuerpo a cuerpo, ese encuentro incalculable entre un cuerpo y otro cuerpo, en el que se da un proceso de afectación mutua con consecuencias transformadoras. Es una confluencia entre la ternura del cuerpo de la criatura, su vulnerabilidad, y la apertura absoluta (y también extraña, vulnerable) del cuerpo propio. Ya desde el embarazo estaba presente esa extrañeza, en la capacidad de acoger otro cuerpo dentro del propio cuerpo, en la potencia que posee generar un nuevo espacio dentro de otro espacio.

Todo esto, claramente, convoca un paradigma de interdependencia, que pone en crisis el imperativo de autonomía e independencia en el que nos hemos conformado, y que, al menos para mí, ha sido siempre vitalmente problemático. Adriana Cavarero ha propuesto lo que ella llama una “crítica de la rectitud”, que parte de lo amoroso como aquello que nos saca fuera de nosotros/as mismos/as y nos “inclina” hacia otros, y realiza una dura crítica a la filosofía de la modernidad, especialmente a la centralidad del yo libre y autónomo propia del pensamiento kantiano. La “geometría de la inclinación” conforma un tipo de sujeto que, a diferencia del propio de la modernidad, ya no es recto, sino que pende fuera del eje vertical que lo dirige. Este amor que nos inclina al otro, nos coloca en una posición de dependencia y pone en entredicho la noción de autonomía. Para ilustrar la geometría de la inclinación, Cavarero remite a la iconografía mariana, a la inclinación de la Virgen hacia el niño que conforma una línea oblicua que problematiza el paradigma de verticalidad. Estamos ante dos paradigmas posturales que responden a dos modelos diversos de subjetividad: uno de ellos convoca a una ontología individualista, y el otro a una ontología relacional. El estereotipo materno, sería fundamental para pensar esta ontología relacional que hunde sus raíces en el amor y en el reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad y de nuestra dependencia fundamental de los otros.

La maternidad, la crianza, convocan una suerte de economía de la pérdida, que de algún modo podría amenazar las lógicas propias del neoliberalismo. Esto no solo se debe a que (aunque a veces nos pese) interrumpen drásticamente nuestra productividad, sino también a que están centradas en el don. En los tiempos que corren, y en nuestros contextos, donde parece que cada vez tenemos menos tiempo, dar por dar, sin esperar ni exigir recompensa o rentabilidad, además de ser cada vez más raro, te precariza y te empobrece, te sitúa del lado de la pérdida, en una lógica contraria a la imperante.

Cada día siento con más intensidad que, para mí, que nunca había cuidado, cuidar ha posibilitado un cambio de paradigma, y que existe una potencia subversiva en esa entrega que a veces vivo como una carga, como una pérdida y otras veces como algo placentero, como un espacio de emancipación y transformación.

Luisa- Muchas gracias, Maite. Seguimos con la conversación abierta.

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