“Creo cada vez más en un doble movimiento: tener una sociedad más maternante, más tribu y más cuidadora, por un lado; que a su vez nos permita más identidad individual des-generizada, más conectada con el corazón y menos con los mandatos, por el otro lado. Esto lo podemos lograr con mujeres que, en principio, se niegan a renunciar a nada. Pero también necesitamos una alianza clave: aquella con hombres que abrazan masculinidades plurales, más libres, transgresoras, audaces, en particular, en su conexión con los cuidados, con lo suave, con la intimidad, la piel, los deseos de las demás personas”. Juliana Martínez Franzoni

Obra cabecera: Maternidad (1952) de Juana Francés

Converso con Juliana Martínez Franzoni, catedrática de la Universidad de Costa Rica, investigadora sobre regímenes de bienestar y de política social, sus procesos de formación/implicaciones para la desigualdad socioeconómica y de género, incluyendo la reorganización de los cuidados en América Latina. Activista y alumna de sus hijas. Co-autora junto con Diego Sánchez-Ancochea (University of Oxford) The Quest for Universal Social Policy: Actors, Ideas and Architectures (Cambridgde University Press, 2016).

Martínez Franzoni ahonda en la necesidad de cuerpos que no renuncian a nada y que abrazan la posibilidad de sostén/realización profesional/emancipación desde la cercanía de las pieles. Señala la falacia de querer eliminar el cuidado de nuestras vidas siendo profundamente interdependientes, planteando el reconocimiento del trabajo de sostenimiento de la vida como pieza fundamental en la actividad público/política, la necesidad de reorganizar el régimen de los cuidados y la urgencia para desmontar la brecha salarial junto a la lógica de tener que cuidar al hombre-adulto como cuerpo-demandante per se por encima de la bionecesidades del cuidado a las criaturas o ancianos o cuerpos dependientes (práctica totalmente normalizada en el falosistema que nos envuelve).

Luisa- Juliana, ¿podríamos plantear como una de las posibles estrategias para redistribuir o reorganizar el trabajo que implican los cuidados de las criaturas -trabajo que genera una fuerte carga sobre los cuerpos- comenzar a desmontar la imbricada relación entre maternidad/género?, ¿podríamos pensar en un horizonte donde los cuerpos que sostienen y los cuerpos que gestan partan de unos propios procesos auto-identitarios como manera de implosionar todo lo que históricamente ha sido asignado al cuerpo-comunidad-femenino (fuertemente patriarcalizado) simplemente por su género desde la división sexual del trabajo?

Juliana- Creo cada vez más en un doble movimiento: tener una sociedad más maternante, más tribu y más cuidadora, por un lado; que a su vez nos permita más identidad individual des-generizada, más conectada con el corazón y menos con los mandatos, por el otro lado. Esto lo podemos lograr con mujeres que, en principio, se niegan a renunciar a nada. Pero también necesitamos una alianza clave: aquella con hombres que abrazan masculinidades plurales, más libres, transgresoras, audaces, en particular, en su conexión con los cuidados, con lo suave, con la intimidad, la piel, los deseos de las demás personas.

Lo que creo que no deberíamos hacer es desmontar la imbricación maternidad-género por la vía de distanciarnos, sin más, de la maternidad. Hay muchas maneras de buscar reorganizar los cuidados. Algunas de esas maneras son patriarcales en su raíz: reducen los cuidados de las demás personas a algo que es posible, básicamente, eliminar de nuestra vida. Podemos elegir no tener hijas. No podemos (por suerte) ser átomos. Somos netamente interdependientes.

Pienso que el siglo veinte nos permitió, como mujeres, “masculinizar“ nuestra vida, estar presentes en el territorio “masculino“. Pienso que el siglo veintiuno debería lograr que el territorio previamente “femenino“ deje de serlo, esto sería un “barajar y dar de nuevo“ a la división sexual del trabajo. Acarrearía redistribución, reducción y reconocimiento de los cuidados y el trabajo de sostenimiento de la vida.

A las mujeres nos da más trabajo maternar al hombre adulto tradicional, orgulloso de su independencia económica pero altamente cuidado-dependientes desde el lavado de su ropa hasta hacerse un huevo frito, que maternar a nuestros niños y niñas. Para empezar, ¡los niños rápidamente dejan de serlo!

Luisa- Reflexiona la pensadora Carolina León en una entrevista aquí que “No cuidamos por ser mujeres (algunas han sabido salirse de la asignación automática), pero cuando cuidamos nos llaman mujeres. Seguimos enfocando las tareas propias del cuidado y la crianza como “tareas femeninas” y por tanto despreciándolas, anulando su valor, usurpando su potencia ontológica; incluso desde los feminismos “de la igualdad” dicen que debemos negarnos, sin hacer un análisis material de qué sucede cuando nos negamos”.

Si los cuidados están asignados al constructo “mujer” o como lo voy nombrando en este centro hacedor de futuridades maternales, cuerpo-comunidad-femenino, vemos que hay una asociación mujer/cuidados y por lo tanto se devalúa, ¿cómo podríamos dignificar/darle el verdadero valor a estos cuidados -que son los que sostienen la vida- sin que seamos llamadas mujeres?, ¿quién cuida y quién sostiene a los cuerpos necesitamos de sostén si para emanciparnos tenemos que no cuidar?, ¿podemos cuidar desde otros ejes de coordenadas?, ¿no estaremos reproduciendo estructuras de opresión de unos cuerpos sobre otros para poder vivir maternidades emancipadas?

Juliana- Pienso que el camino debería ser profundizar trayectorias en tres sentidos relacionados entre sí. Uno es el transformar radicalmente los regímenes de cuidados para que dejen de asentarse en la división sexual del trabajo, es decir, en una especialización jerárquica entre trabajo femenino y masculino. Por régimen de cuidado me refiero a la constelación de mecanismos que ha venido a compensar el que una proporción grande de mujeres haya dejado de ser tiempo completo lo que solía llamarse “ama de casa“. Incluye desde la disponibilidad de infraestructura básica como agua potable y de tecnología como lavadora que reduce los tiempos que se requiere destinar al trabajo no remunerado -algo central y que aún millones de personas, en particular del Sur global, no tienen-, hasta la importancia relativa del trabajo doméstico precario y y mal remunerado, las licencias por nacimiento y los servicios de cuidado.

Segundo, y central para el régimen de cuidados, requiere reducir la brecha de horas promedio que hombres y mujeres destinan a los cuidados. En buena parte del mundo los hombres demandan enormes cantidades de cuidado -una razón que, por ejemplo, está haciendo que mujeres japonesas que trabajan tiempo completo, dejen de querer casarse, sus parejas demandan más tiempo de sostenimiento de su vida que los propios niños y niñas-. Entre otras cosas porque ¡las niñas crecen y dejan de serlo! En muchas partes del planeta los hombres adultos son altamente cuidado-dependientes. Y ni siquiera lo ven como problema.

En América Latina, por ejemplo, la brecha de dedicación semanal al trabajo doméstico y cuidados entre hombres y mujeres es de al menos 18 horas. En países nórdicos esta brecha es de 3 horas y media. La diferencia es marcada. ¿Es posible e cuidar a otras personas sin lograr niveles mínimos de auto-sostenibilidad de la vida cotidiana? Es clave que los modelos de masculinidad abonen a hombres cuidado-interdependientes, es decir, que tanto cuidan como son cuidados. Y para estos efectos, las “zanahorias“ son pocas: la brecha salarial entre hombres y mujeres es tal, que un día sí y otro también, se encarga de reforzar la división sexual del trabajo.

En tercer lugar, y estrechamente relacionado, necesitamos eliminar brecha salarial y reducir la jornada laboral promedio. En América Latina y los países del sur de Europa, incluyendo España, el 82% de los hombres que trabajan, lo hace más de 40 horas semanales. En los países nórdicos solo el 40% de los hombres tienen esta jornada. Cualquier transformación que busque que los cuidados sean valorados, requiere abordar este eslabón entre los regímenes de cuidados y las variedades de capitalismo.

Ninguno de estos cambios puede producirse de un día para otro. Podemos, sin embargo, alimentar trayectorias que direccionen los cambios en la dirección de celebrar y reorganizar los cuidados para sumar las manos y los corazones de buena parte de la mitad de la población, antes que para arrinconarlo como lo socialmente menos importante.

Luisa- ¿Podrías ahondar más en lo que comentabas sobre Japón?, ¿por qué se están dejando de casar las jóvenes?

Juliana- Las mujeres que deciden no casarse priorizan otras fuentes de realización personal (como viajar) y evitan una maternidad muy decidida desde fuera tener que cuidar a sus parejas (hombres) que demandan tanto o más tiempo relacionado con la reproducción de su vida como los niños y las niñas (¡solo que por más tiempo!). Esta decisión nos habla, pienso, de una reacción a mandatos culturales muy rígidos respecto a cómo maternar, combinados con una variedad de capitalismo que demanda jornadas laborales muy largas. Los márgenes para disentir parecen pocos… y el no casarse es una forma de ejercer el dispenso.

Luisa- Te hablo ahora mismo desde Murcia, sur de España, región considerada desde Europa (desde el aparato eurocéntrico) como “región transitoria” eufemismo de territorio “en vías de desarrollo”. Aquí las condiciones como Sur son evidentes y palpables y las lógicas feministas articuladas desde la centralidad del estado-español dejan fuera ciertas particularidades identitarias porque refuerzan los roles de género, mi duda es: ¿no habría que aceptar los contextos de los que parten los cuerpos como suficientes y legítimos y salirnos de esa exigencia del feminismo de cuerpos blancos desde el centro-estado o feminismo blanco-centrista que exige a los cuerpos que para poder ser emancipados partan de unos mínimos capacitistas y de contexto totalmente alejados de las condiciones y expectativas de estos cuerpos que habitan entornos del Sur, en el Sur Global, en el Sur del centrismo blanqueado?

Juliana- Sobre las maneras excluyentes de pensar y ejercer feminismos creo que muchas de las ideas y luchas feministas del Norte global se elaboraron en contextos específicos en términos étnico/raciales pero también de clase y de expectativa de organización de las familias (por ejemplo, nucleares versus extensas). Entonces, claro que es un feminismo que refleja más visiones y caminos situados en esa realidad que en otras más comunitarias, menos inmersas en las relaciones de mercado, con mayor presencia de bienes públicos.

Luisa- ¿Debemos revindicar otros ejes de coordenadas desde los que empujar distintos movimientos emancipatorios?

Juliana- Pienso que necesitamos reivindicar todas las diferencias y los caminos posibles. Para ello, ¡bienvenida toda acción colectiva que nos ayude a buscar nuevos caminos!

Luisa- Muchas gracias, Juliana.

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