“En relación al deseo creo que tenemos mucho lío. Por un lado, porque vivimos el deseo como elemento carencial y que en caso de no ser satisfecho genera frustración y sufrimiento. Cuando quizás podríamos vivirlo como elemento potencial, como motor de búsqueda, poniendo en valor el movimiento que genera el hecho de desear, relativizando y gestionando en otra clave la consecución o no de lo deseado”. Aingeru Mayor

Obra cabecera: Body building (1994) de Itziar Okariz

Converso con Aingeru Mayor, sexólogo, facilitador de los Talleres de Ternura, muy interesado en reflexionar sobre el acompañamiento de la sexualidad infantil y sobre la erótica de quienes crían, autor del libro Niñas y niños (Ed. Litera) y fundador y miembro de la Asociación de familias de menores transexuales Naizen (antes Chrysallis Euskal Herria). Su práctica indaga en los anclajes y posibles estrategias para llegar a vivenciar el cuerpo desde el goce, la potencia y el deseo no-colonizado y con ello desmontar toda la carga que implican dichos trabajos correspondientes a la reproducción social, invitándonos a unas aperturas corporales muy deseables para todos los cuerpos.

Mayor nos habla de cómo para el orden social es más fácil aplicar sus dinámicas sobre aquellos cuerpos de insaciabilidad neoliberal (la mayoría) que identifican el adiestramiento de los placeres y goces desde las prioridades de la cópula, desde la imposición del falocentrismo corporal y desde la mercantilización de los cuerpos. Aboga por cuerpos placenteros, cuerpos no mutilados para el goce, cuerpos no-censurados, cuerpos no-esclavizados por lógicas productivas, cuerpos no-expropiados, cuerpos que vivencian el propio cuerpo -las propias carnes y pieles, como propias-, cuerpos que dan prioridad en la centralidad del cuidado -hacia sí mismo, hacia las otras/otres y hacia el entorno-. Cuerpos que no se viven como enemigos. Cuerpos que no viven su deseo como un elemento carencial.

Luisa- ¿Cómo podríamos recuperar el cuerpo como lugar de potencia, gozo, sentir, regocijo y deseo durante todo lo propio a la reproducción social o -lo que es lo mismo- durante todo el trabajo de gestación y/o sostén?

Aingeru- Quizás podríamos preguntarnos primero por qué en esta sociedad tanto el deseo como el cuerpo placentero están censurados, están negados, no sólo en los tiempos de gestación y crianza, sino en cualquier momento de nuestras vidas. Una hipótesis sería que el orden social es mucho mas fácil de imponer sobre sujetos dis-placenteros, sobre cuerpos mutilados para el goce, sobre seres permanentemente insatisfechos. Y es que, si fuésemos seres conectados con el goce, no tengo yo nada claro que nos íbamos a dejar esclavizar por las lógicas productivas como lo estamos haciendo.

Pero, más allá del por qué de ello, a mi me interesa reflexionar sobre cuáles son los elementos que principalmente están condicionando de manera tan desgarradora la vivencia de nuestro cuerpo, de nuestra sexualidad, de nuestra erótica… La mercantilización del cuerpo de las mujeres a través de la imposición de un prototipo de “belleza” que lleva a que a las mujeres no les guste su propio cuerpo, a que no lo acepten. La expropiación a las mujeres, desde que son niñas, del conocimiento y la exploración de su cuerpo para el placer. La imposición falocrática que vende a los hombres que no hay más sexualidad que la del pene erecto. La tiranía de un modelo que establece cuál ha de ser el uso correcto del cuerpo para el goce, y que tiene como centro y fin la cópula, dificultando, o más bien imposibilitando, el juego y el encuentro de los amantes.

Y la idea sería investigar en qué medida podemos no tanto intentar derrumbar todo ese sistema represivo para “hacer una revolución”, sino hackearlo abriendo posibilidades desde lo personal, ampliando márgenes, para vivir, aunque sea un poco, fuera de estas lógicas impuestas. Claro que esto me lleva a ir más allá de la crítica hacia “el sistema opresivo y opresor”, me lleva a salir de la trinchera, a hacer algo más que decir que “este sistema es una mierda”. Me lleva a mirarme, a verme, y a reflexionar sobre mi vivir. Y, sin olvidarme por supuesto de todos los condicionantes sociales, es más, teniéndolos muy en cuenta, ver qué es lo que yo quiero (o si prefieres, lo que yo puedo) hacer con mi cuerpo, con mi placer, con mi manera de encontrarme con el otro. Y aquí hay vías de exploración y de cultivo que creo pueden ser muy muy fértiles. Es decir, siendo muy consciente de que me muevo en un terreno de juego que se me impone, coger las riendas de mi vida e ir viendo y generando pequeños cambios que me posibiliten vivir un poco mejor. A mi y a quienes me rodean. Aceptar que yo, yo sólo puedo cambiar lo mio. Y quizás soñar (aunque haya quien me pueda decir que peco de ingenuo) que cambiar mi pequeño mundo es la única manera de cambiar el mundo.

Des-cubrir el cuerpo, romper la jerarquía de los placeres, ir al encuentro desde la oferta… Cultivar la ternura que Carlos Menéndez definía como “la capacidad de ser importante para ti, porque tú eres importante para mi”. Qué diferente sería todo si pusiésemos el cuidado como elemento central de nuestras vidas: tanto el cuidado de una misma, como el cuidado mutuo y asimismo el cuidado del entorno.

Luisa- ¿Cómo podemos hacer esos ensanches en nuestros cuerpos que nos permitan el goce, la re-apropiación del cuerpo?. Como bien señalas, ¿cómo podemos ampliar esos márgenes?

Aingeru- Hoy en día nos están haciendo vivir nuestro cuerpo como nuestro mayor enemigo. Ante la mercantilización del cuerpo de las mujeres que te comentaba, podríamos empezar a decir “¡basta ya! No podemos seguir aceptando que nuestros cuerpos entren en el mercadeo de los cuerpos. Que, como en las siluetas que se pueden ver en las carnicerías (solomillo, costillar, pescuezo, carrillada…), el cuerpo humano se despiece (pechos, vientre, caderas, nalgas…) y se puntúe (de primera, de segunda…). Mi cuerpo no es negociable.

Y quisiera hacer una aclaración: yo no hablo del “cuerpo que tengo”, porque en ese caso, que me explique alguien quién es ese “yo” que tiene ese “cuerpo”. Porque yo no soy nada más que mi cuerpo. Ante la dicotomía cuerpo-mente que se suele plantear, ojalá entendiésemos que la mente no es más que una de las funciones de nuestro cuerpo, igual que la respiración. Por eso yo hablo del “cuerpo que soy”. Y, atención, que la jugada que se nos hace es bestial, porque si mi cuerpo no me gusta, entonces yo no me gusto; si no acepto mi cuerpo entonces, yo no me acepto a mi misma.

Por supuesto, junto al prototipo de belleza que lleva a que mi cuerpo no me guste, nos dan la solución: “Si no te gusta tu cuerpo, no te preocupes: puedes cambiarlo. Que para eso tenemos toda una industria encantada de hacer beneficio de ello”. Pero ese espejismo nos deja permanentemente en un callejón sin salida. Porque, entre otras cosas, siempre va a haber partes de mi cuerpo que no cuadren con el prototipo. Si mi cuerpo no me gusta, quizás haya una vía mucho más fértil que la de intentar cambiar el cuerpo: cultivar el gusto.

Me preguntas cómo ensanchar esos márgenes… Para poder apreciar y gozar el cuerpo, necesitaremos conocerlo, y para ello habrá que des-cubrirlo. Des-cubrir que mi cuerpo es maravilloso. Quitar toda la porquería en forma de juicios estéticos con que se ha cubierto mi cuerpo.

Una de las herramientas que más “a mano” tenemos para explorar en ese sentido es justamente el sentido del tacto. Si yo cierro los ojos y acaricio mi cuerpo, mi piel lo que me va a decir es lo gustosa que es esa caricia, ese masaje. Si yo cierro los ojos (y con ellos el juicio estético) y acaricio, o me acarician, estos pechos que se me ha hecho creer que son o demasiado grandes o demasiado pequeños, o muy tiesos o muy caídos… esos pechos que a mi no me gustan… Si los acaricio, esos pechos lo que me dicen es “¡qué rico!”, “¿te das cuenta lo maravillosos que somos?” A través de la caricia, del tacto, puedo darme cuenta de lo gustoso, lo maravilloso, lo bello que es mi cuerpo.

Si la belleza se define cómo aquello que agrada a los sentidos, quizás necesitemos empezar a entender que, en relación a mi propio cuerpo, no hay más belleza que la mía, que yo soy la estética, que yo soy la belleza. Y podríamos empezar a poner en valor la idea de belleza funcional. Es decir, mi cuerpo es maravilloso y bello, porque camina, porque siente las gotas de agua cuando me ducho, porque disfruta del olor de la hierba recién cortada, porque abraza, porque respira, porque late… porque es el que hace posible que yo esté vivo.

Ojalá empecemos a darnos cuenta que mi cuerpo, este con el que estoy peleado, este que estoy considerando mi mayor enemigo, resulta que es mi mejor amigo.

En relación al propio goce, una vía de exploración podría ser romper con la jerarquía de los placeres que nos vende que hay placeres superiores y placeres inferiores, estando lo genital y lo orgásmico en la cúspide. Sumergirnos en los pliegues del placer, como los describe Efigenio Amezúa. Deslizarnos por las curvas de nuestros cuerpos. Sumergirnos en la voluptuosidad, sin principio ni fin, sin antes ni después, de nuestros goces.

Jugar el juego de los amantes como juegan sus juegos nuestra criaturas. Abandonar ese guión prescrito que establece una meta, en el que antes de empezar ya sabemos cómo va a terminar, ese guión que habla de preliminares… Disfrutar del momento presente, de la caricia que te estoy haciendo, del abrazo que me estás dando, sin necesidad de llegar a ninguna parte, inventando el camino a cada paso porque, como nos inspira la tortuga Casiopea de la novela “Momo” de Michael Ende, el camino siempre está dentro de mi.

Y creo que caminando por mis reflexiones me he despistado, ya que tú me preguntabas sobre los tiempos de gestación y sostén.

Luisa- ¿Podrías ahondar en los anclajes que hacen que un cuerpo que gesta y materna sea un cuerpo doble o triplemente tutelado, oprimido, y que existan narraciones aplastantes que hacen que todo lo materno esté despojado de deseo, de goce, del sentir poderoso y caudaloso? ¿podemos desmontar la lógica, que nos arrasa a todas/todes, sobre la incompatibilidad de incorporar los goces del cuerpo en diálogo con las bionecesidades de las criaturas?

Aingeru- Sí. Lo primero quizás sería salir de esa lógica en la que se contraponen las necesidades de las criaturas y las necesidades de quien materna. Esto es una trampa, porque si yo para cuidarte dejo de cuidarme a mi, si para atender tus necesidades dejo de atender las mías, si mis necesidades no están cubiertas… difícilmente voy a poder cuidarte bien. La salida a esta encrucijada pasa por pensar de manera integral en las necesidades de todo el ecosistema, y reflexionar sobre cómo podemos organizarnos para maximizar la atención de esas necesidades, priorizando las necesidades más básicas de todas las personas que estamos compartiendo estos cuidados. Y, claro, habrá necesidades que no podrán ser atendidas. Pero así no habrá nadie que se quede sin atención y cuidado.

Como la labor de sostén y maternaje recae en la mayoría de los casos en las mujeres, voy a hablar ahora de las mujeres madres, porque creo que en ellas especialmente los mandatos sociales en relación a esto funcionan de manera mucho más brutal. Nos encontramos con madres que lo dan todo por sus hijas e hijos. De hecho, eso es lo que “hay que” hacer para ser una “buena madre”.

En estos tiempos modernos además, desde los (tan necesarios) intentos de crianzas alternativas (también llamadas crianzas “naturales”, curioso adjetivo para crianzas basadas en lecturas de libros y más libros de “expertos”, crianzas que están absolutamente intelectualizadas), el nivel de exigencia es aún mayor. Porque la perfección está formulada por dichos expertos. Y nos encontramos así con madres que lo dan todo, que se sacrifican por sus criaturas (y que además no consiguen la perfección y se sienten culpables por ello), que intentan dar a sus peques todo lo que necesitan (lo que ellas creen que necesitan), y no paran ni un segundo para atender las necesidades propias. Pero si yo no estoy bien, difícilmente voy a poder dar bienestar. Si yo no me cuido, ¿cómo voy a cuidar?. Hay una gran diferencia entre el sacrificio y la generosidad.

Nuestras criaturas no necesitan madres sacrificadas que sufren, madres permanentemente cansadas, madres que intentan ser perfectas y se sienten culpables por no serlo, madres que se dejan la vida por ellas. No. Nuestras criaturas necesitan madres que sonríen, y que se ríen, madres que gozan, que les cuidan disfrutando de cuidarles, que se dedican sus tiempos a descansar, a bailar, a gozar, etc.

Creo muy necesario también reflexionar sobre qué pasa con la vivencia del propio cuerpo en el caso de las madres que han parido a sus criaturas, ese cuerpo que tanto cambia tras el proceso de gestación, tanto en sus formas como en sus funciones. Y aquí hay toda una vía de exploración para re-encontrase con este cuerpo que en muchos casos deja de ser vivido como un cuerpo placentero.

En cualquier caso, en esos tiempos de puerperios y crianzas, cuánta necesidad estamos teniendo de coger tiempos para darnos un bañito relajante, para acariciar y gozar mi cuerpo, para estar a solas con mi pareja, con mi amante, con mi compañera o compañero de goces y disfrutar del encuentro de los amantes… Cogernos tiempos de cuidado, de goce, en los que vivir mi cuerpo, mi ser placentero, en los que llenarme de mi, para así, además, poder seguir cuidando a mis criaturas sintiéndome dichosa, placentera, feliz.

Luisa- ¿Por qué está extirpado el deseo y su legitimidad durante la gestación y del sostén? ¿Podemos vivir un cuerpo que desea -no entendido como deseo en términos de consumo- sino como potencia exploradora del ser -de las potencias del ser o de las prioridades de lo vivo- aun siendo atravesadas/atravesades por la gestación y/o sostén?

Aingeru- En relación al deseo creo que tenemos mucho lío. Por un lado, porque vivimos el deseo como elemento carencial y que en caso de no ser satisfecho genera frustración y sufrimiento. Cuando quizás podríamos vivirlo como elemento potencial, como motor de búsqueda, poniendo en valor el movimiento que genera el hecho de desear, relativizando y gestionando en otra clave la consecución o no de lo deseado.

Por otro lado, hay una cuestión que creo tenemos que señalar y que tiene que ver con a qué nos referimos cuando hablamos de “deseo” durante las gestaciones, puerperios y crianzas. Por ejemplo, se habla de falta o de perdida de “deseo sexual”. Yo me pregunto, ¿la perdida del deseo de qué? Porque de lo que estamos hablando, una vez más, es de la cópula, de follar (y añádele, si quieres, esos “preliminares” de los que hablan las revistas). Se dice, por ejemplo, que en la mayoría de los casos en el puerperio la madre (que le parió) pierde el deseo… Pero, ¿el deseo de qué? ¿Pierde esa madre el deseo de los mimos, de las caricias?

Las madres con las que yo he hablado me dicen que desde el minuto uno después del parto desean (por supuesto, cada una expresa deseos diferentes) abrazos prolongados, masajes en la espalda, caricias lentas, besos apasionados, conversaciones, miradas, calor, disponibilidad del otro… Y es que quizás lo que se ha perdido no es el deseo. Lo que se ha perdido quizás (y no en todos los casos) son las ganas de que les follen. De hecho, en algunos casos podríamos preguntarnos cuántas de esas ganas había antes.

Si hablamos de deseo, quizás nos convendría buscar luz en las pistas que nos dejó el pensamiento de la Grecia Clásica sobre Eros, el diosecillo de las flechas, muy especialmente a través del relato que hace el cómico Aristófanes en “El Banquete” de Platón. El deseo como la búsqueda del otro, de lo otro, de la otredad. En la re-lectura que hace Efigenio Amezúa de dicho relato, hay una afirmación crucial: si el amor es la pregunta, el sexo es la respuesta. Es decir, que si nos gustamos, nos atraemos, nos encontramos y nos amamos, es porque somos sujetos sexuados, porque somos mujeres y hombres.

De todas maneras, tengo que confesar que, siendo muy consciente que vivimos atravesados por el deseo, me siento con muchísimas dificultades para “aprehenderlo” desde la razón, desde las ideas. En los últimos años quizás el paso más significativo que yo he podido dar en ello ha sido darme cuenta que, para comprender los procesos que se dan en nuestras biografías, se me hace mucho más fácil hacerlo dejando de hablar de Deseo en singular y con mayúsculas, y hablando de deseos en plural y con minúsculas.

Me resulta muy inspirador el título “Deseo, cartografía imposible” de uno de los discos del grupo de rock Doctor Deseo, que expresa maravillosamente las dificultades que tenemos para comprender eso que llamamos deseo. Por cierto, qué grande me resulta ver cómo la poesía se acerca a los territorios del deseo (y a muchos otros territorios) con mucha más facilidad y descaro, con mucho más acierto, que muchos intentos intelectuales…

Luisa- ¿Tus Talleres de Ternura son una estrategia para politizar al máximo el poder de nuestros cuerpos? ¿Cómo imaginas los cuerpos del futuro, los cuerpos en un futurible horizonte emancipador?

Aingeru- Los Talleres de Ternura yo no los entiendo como una estrategia, sino en todo caso como una práctica. En ellos posibilito un laboratorio, un espacio de confianza y seguridad, un espacio sin juicios, donde se dan las condiciones para que cada quien, a su ritmo y según su biografía, pueda explorar y trabajar con el propio cuerpo, el placer, la capacidad de encuentro… Una propuesta donde poder conectar con mi vulnerabilidad, con mi fragilidad, y a la vez con la belleza que hay en mi, con mis sensaciones, con mis sentimientos y emociones, con mi capacidad de gozar, de encontrarme con el otro a través del placer, con la ternura.

Más que para politizar, creo que quizás para lo que sirven sea justamente para despolitizar. Lo digo en el sentido de que son un espacio donde poder dejar fuera las normas que se establecen en la “polis”, las imposiciones y mandatos morales, los “hay que”… Y ¡cuidado!, tanto los “hay que” del sistema cis-hetero-patriarcal-judeo-cristiano-capitalista-consumista-etc, como los “hay que” proges-alternativos-guays. Son una propuesta para poder explorar, quitándonos de encima toda la carga de “lo político” y así poder conectar con “lo íntimo”, con mi ser…

Y sobre cómo imagino los cuerpos del futuro en un posible futuro emancipador, ni idea. Y tampoco sé si me interesa. Lo que a mi me interesa con este trabajo no es tanto soñar un futuro, sino vivir un presente. No imaginar los cuerpos del futuro, sino vivir mi cuerpo ahora. Este cuerpo que, si paro un poco, si dejo de hacer tanto ruido mental para poder escuchar la respiración, si me sumerjo en las sensaciones, resulta que me abre puertas para vivir la vida un poco mejor, me sitúa ya en un nuevo horizonte, aquí y ahora, en el que poder cuidarme y cuidar.

En la sesión Cuerpo. Reflexiones desde la ternura. Imposiciones y trincheras vs cultivo y encuentro. Reconvertir la frontera en orilla que compartimos en el Centro Social Ocupado La Ingobernable de Madrid el pasado 21 de octubre dentro de tu programa Cuerpos críticos que gestan y/o sostienen MNCARS facilité una dinámica muy sencilla de encuentro con una misma y con otra persona a través de las manos.

En aquella sala desangelada, con las paredes llenas de pintadas, con el ruido del tráfico ininterrumpido de la calle Recoletos, la amenaza de desalojo que pesa sobre el Centro… cerramos los ojos y nos dimos la posibilidad de respirar. Nos dimos la posibilidad de respirar y lentamente reconocer mis propias manos. Esas manos con las que cada día llevo las bolsas de la compra, tecleo en el móvil, cojo de la mano a mi hija, friego los cacharros, acaricio a quien amo… Esas manos a las que quizás tan poco caso hago. Nos dimos la posibilidad de sentir las sensaciones que me regala mi piel. Y, con los ojos cerrados, pudimos encontrarnos con las manos de otra persona. Sin prisas, lentamente. Explorando y descubriendo esa otra geografía. Encontrarme con unas manos que no son mis manos. Con otro ser que no soy yo. Y sentirme a mi, así, a través de esa otra piel. Acariciándote a ti, acariciarme a mi.

Verme reflejado en tu espejo. Sentir que entre el otro y yo siempre hay un abismo. Y que de repente podía sentirme tan cerca de ti, que parecía que el abismo que nos separa dejaba de existir… Y sumergirme en mi, a través de ti. El tiempo se paraba, desaparecía. Sólo existíamos tú y yo, y este preciso instante, este precioso instante. Y mi capacidad de ser importante para ti, porque tú eres importante para mi.

Al final de aquella dinámica, al abrir los ojos de nuevo, nos volvimos a encontrar en el mismo espacio, en aquella fría sala, con el ruido de los coches fuera. Estábamos en el mismo lugar, pero éramos diferentes, y el lugar se veía también diferente. ¡Se respiraba una tranquilidad y una serenidad tan bellas! Hubo después un tiempo para poner en común lo vivido en el que se compartieron cosas muy bonitas y del que quiero rescatar una frase que dijo una de las participantes: “Hacía mucho tiempo que no sentía tanto amor”

Luisa- Muchas gracias, Aingeru.

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