“El mensaje que llega es claro: el amor canjea el esfuerzo y sirve de premio y aval de decencia para todo si eres mujer y formas parte del entramado sexo-afectivo. Si eres hombre, tu esfuerzo, tu trabajo, tu tiempo, se ven remunerados y traducidos en salario; nosotras no, nosotras mejor follar, trabajar en la casa y maternar gratis, que para eso el amor (o el sexo) es gratis y está muy feo comprarlo. Se mezclan aquí los argumentarios de larga tradición religiosa (que ya nos inculcaron perversamente eso de la sumisión, el sacrificio y la abnegación) con los machistas-leninistas, empeñados en sacar el tema del género (el femenino, claro) del discurso desigualitario de la lucha de clases. ¿Cómo, pensaban estos hombres –muchos padres de familia y muchos con la mujer en casa trabajando gratis- cómo pueden ir a parar los beneficios de la producción a las manos de los que en realidad no producen? Eso, eso mismo nos seguimos preguntando nosotras”. Lucía Barbudo

Obra cabecera: captura de YouTube del discurso de la artista y activista, Camila Moreno, como acción performática de unas futuridades maternales ya insertas en el espacio público, ya sucediendo. Discurso en Cacerolazo Cultural Ñuñoa (20 octubre 2019) gestionado por artistas independientes ante el decreto de estado de emergencia y la presencia de militares en las calles de Chile .

Converso con la brillante pensadora feminista, movilizadora del activismo en la Región de Murcia, escritora y traductora, Lucía Barbudo, que firma, también, como Lucy Sombra (Murcia, 1979) en el espacio de reflexión feminista Disidencias de género eldiario.es del que también es co-impulsora. Forma parte gestante de la Coordinadora Anti Represión Región de Murcia, del Bloque Feminista Murciano y colabora con CATS (Comité de apoyo a las Trabajadoras del Sexo).

Barbudo ahonda en los feminismos que se traman desde el Sur del Norte, desde otros territorios identitarios fuera de las lógicas de lo hegemónico. Nos revela como todos los trabajos hechos por mujeres o por cuerpos bajo el constructo cuerpo-comunidad-femenino son siempre trabajos devaluados e invisibles ya que se manejan desde la sutilidad de esas violencias simbólicas difíciles de visualizar, interpelándonos como generación a expulsar cualquier opresión que atraviese nuestros cuerpos que maternan.

Luisa Fuentes Guaza- Existe una tensión entre las expectativas de las feministas blanco-céntricas, y más en particular en el caso de España con toda la tradición del lesbofeminismo, que exigen que las mujeres o cuerpo-comunidad-femenino para poderse emancipar, o para poder ser cuerpos que aspiren a la emancipación, tienen que asimilarse a unos rasgos identitarios que las hagan dignas de ese lugar de posibilidad. ¿Son los rasgos identitarios en política, en este caso de tradición lesbofeminista, algo ineludible para conseguir una ruptura total y definitiva con el marco patriarcal?

Lucía Barbudo- El feminismo ha dado -y sigue dando, como movimiento social, político y filosófico que permanece vivo- muchas vueltas. En cada momento histórico, y atendiendo a las necesidades de las distintas minorías (entendiendo las minorías no necesariamente desde un punto de vista porcentual o numérico sino como subgrupos eclipsados por un poder o discurso hegemónico o dominante), el feminismo ha reaccionado articulando una respuesta u otra. Se entiende así que en un contexto de industrialización, por ejemplo, surgiera un discurso feminista que apostara por la igualdad y que buscara equipararse en derechos a los hombres en el aspecto laboral asalariado o que más adelante luchara por el derecho al voto o a otros privilegios sociales como el vestir o el acceso a los bares (supuso un auténtico escándalo en la época que las mujeres fueran a tomarse una cerveza después de salir de las fábricas “como hacían los hombres”). En este contexto del feminismo de la igualdad, se articula un lesbofeminismo que reacciona atacando los valores que tradicionalmente se han asignado al imaginario de “lo femenino” y que interpreta, como tú señalas, que la necesidad de emanciparse, la necesidad de romper con el contrato de servidumbre, pasa por romper con todo aquello que forma parte de la identidad “mujer”, puesto que de ser mujer es de donde precisamente nace uno de los ejes de opresión más evidentes.

De este modo, como sostuvo en su día Monique Wittig, se plantea el lesbianismo como una manera de acabar con el binomio oprimida-opresor y se plantea como estrategia una desvinculación respecto de la heterosexualidad. Es, en mi opinión, siguiendo esta misma lógica, que se observa la maternidad como otra cárcel patriarcal más de la cual las feministas podríamos escaparnos. Tengo que decir que desde un punto de vista político, social y filosófico, el planteamiento de Wittig me parece rompedor y revelador, y en el campo de lo teórico, absolutamente acertado. Desde luego, no lo comparto desde la óptica del deseo o la práctica sexual o afectiva. Sin embargo, resulta muy paradójico que desde esa disección del pensamiento heterosexual que hizo la feminista lesbiana francesa de observar que en las relaciones de poder había relaciones de dominación/sumisión porque entraba la categoría de “lo diferente”, basada en un sistema de discriminación de raíces heterosexuales, la propuesta concluyente sea la destrucción de todo aquello que, desde ser-mujer, se proyecta como subordinación al ser-hombre, incluida la propia noción del sujeto ‘mujer’.

¿Qué pasa entonces con todas esas mujeres que no quieren/no queremos abandonar el régimen heterosexual como parte de nuestras relaciones sexo-afectivas? ¿Qué pasa con todas esas mujeres que no quieren/no queremos dejar de ser madres pero nos resistimos a que ser madre sea una categoría que nos impida salir del régimen patriarcal? Decía que era paradójico porque, al final, el feminismo de la igualdad, al igual que el trasnochado feminismo radical, nos excluye a todas las que, sin abandonar cuestiones tan patriarcales como el régimen heterosexual o la maternidad, nos negamos a formar parte del entramado patriarcal.

Nos excluye a todas las que nos hemos distanciado, por razones históricas evidentes, del feminismo de la igualdad, pero seguimos asomándonos al marco teórico del feminismo de la diferencia para ver cómo hacemos que el trabajo maternal no se codifique en términos de sumisión, ni subordinación, ni servidumbre. ¿Acabar con el pensamiento heterosexual?

No, yo digo que mejor acabamos con las relaciones de poder que hay imbricadas en ese pensamiento hetero. ¿Acabar con el género? No, yo digo que mejor acabamos con las desigualdades generadas por el sistema sexo-género. ¿Acabar con la maternidad? No, yo digo que mejor acabamos con eso de que el trabajo maternal sea patriarcal. Rescato aquí el verbo que has utilizado, Luisa, para la formulación de tu pregunta; el verbo exigir.

Este verbo para lo único que sirve es para hablar del feminismo de los carnets, ese feminismo que se parece a cuando bajaban a los judíos de los trenes y hacían dos filas para llevarlos a pabellones diferentes. El feminismo de cerrar filas y dejar madres fuera (ya sean mujeres cis o trans) como sujeto político invisibilizado, o peor aún deslegitimado, es concentracionario, no liberador. Es un feminismo que ni me interesa ni me representa.

Si, según la lógica lesbofeminista, que tal y como yo lo veo tiene algo en común con la lógica TERF (Trans Exclusionary Radical Feminsts, las feministas tránsfobas), en cuanto a la crítica a las mujeres trans en la reproducción y enquistamiento de roles femeninos y looks que solidifican y consolidan la hiperfeminización de los cuerpos (críticas que nunca he oído dirigidas a las mujeres cis híper femeninas, por cierto), si, decía, según la lógica lesbofeminista tenemos que pasar por asimilarnos a “lo masculino” para emanciparnos, entonces habremos fracasado en todo el proceso emancipatorio: no se trata de emanciparnos como hombres, se trata de emanciparnos como mujeres.

Dicho de otro modo: por un lado me parece una trampa y una estafa que un pensamiento como es el feminista, que ha surgido y se ha desarrollado con el fin último de liberarse de las opresiones patriarcales, tenga que pasar por camaleonarse en el imaginario masculinista de todo lo que supone Ser Hombre, cuando, precisamente, las violencias que sufrimos las y les No-Hombres vienen por estar fuera de ese montante de privilegios que vienen con la genitalidad y aceptación social para ejercer la dominación y establecer jerarquías de poder.

Y por otro lado, ya para rizar más el rizo, tal y como nos enseña Judith Halberstam en su obra imprescindible y todo un clásico de los estudios queer “Masculinidad femenina”, lo masculino no es exclusivo del hombre, igual que lo femenino no es exclusivo de la mujer, y simplificar la crítica o el análisis de la maternidad como estructura patriarcal bajo el paraguas reduccionista del lesbianismo sería dejar de lado la resistencia que durante siglos han protagonizado las mujeres masculinas y el desafío a los roles que estas mujeres han añadido a la compleja realidad que se añadiría a ser madres, así en un sentido amplio y plural. Y esto tiene mucho que ver también con las lógicas feministas hegemónicas que planteas. Si lo pensamos, los planteamientos que se hacen desde el feminismo hegemónico de tradición lesbiana para la mujer-madre, guardan una estrecha y más que preocupante vinculación con los planteamientos que se hacen desde la más pura lógica patriarcal. Volvemos a los carnets y a las filas de Auschwitz.

Es evidente que en el feminismo hegemónico no cabemos todas; no cabemos las putas, las y les trans, las migrantes, las racializadas, las malas madres. Son los círculos concéntricos de la violencia de los que habla la antropóloga feminista argentina Dolores Juliano: en el exterior se encontraría el estereotipo, el estigma. El estereotipo patriarcal de la madre es claro: todo el campo semántico que deriva de la Virgen María. ¿Qué pasa si, sin dejar de maternar, sin dejar de cuidar, queremos librarnos de la violencia que supone el estereotipo patriarcal de madres-modelo-Virgen-María? Creo que la transgresión nace del conflicto, de la contradicción, de encontrar una no-comodidad o una no-identificación en lo asignado, en lo esperable.

Y es en esta línea que tiene sentido hablar de los feminismos en plural y aprovechar el conflicto entre trabajo maternal y feminismo, trabajo doméstico y feminismo o trabajo sexual y feminismo. No creo que la resolución del conflicto pase por la destrucción de la maternidad, la heterosexualidad o el género, sino más bien soy de la opinión de que la cosa iría mejor encaminada si refraseáramos, reinventáramos, vaciáramos eso que ya está descrito y prescrito y lo volviésemos a escribir.

Luisa- Lo que pasa es que estas expectativas no tienen resonancia en los entornos del sur de España, particularmente conozco mucho Murcia, porque soy oriunda de allí, y me encuentro con una situación compleja identitaria, cada vez que paso tiempo en nuestra tierra, que escapa de las lógicas feministas hegemónicas, dado que te encuentras con mujeres -en toda su dimensión patriarcal- que hacen el trabajo materno reforzando roles de género a saco y alimentando la mitologización de lo femenino (Ojo! hace poco hablaba un cardenal o esbirro del cardenal la iglesa católica de un “feminismo femenino”), pero a su vez te encuentras con estos cuerpos como mujeres patriarcalizadas que presentan unas potencias, unas posibilidades identitarias, unas fortalezas, unas organizaciones sociales autogestionadas con lo que tienen a mano, que ya ansiarían para sí las feministas del centrocastellanoblanco.

En este momento en el que estamos de despatriarcalizarnos/descolonizarnos del apartado del poder/control/sometimiento (el que sea… sea tu padre, tu familia sanguínea, tu jefa, tu país, tu universidad, tu ideología, tu amante, tu comunidad, etc), tampoco veo necesario para las mujeres de nuestro Sur el tener que entrar en el traje identitario emancipador de las feministas ilustradas urbanitas, porque igual sus derroteros identitarios -al tener cada cual unos propios anclajes biográficos y de contextos diferentes- generen una experiencias vitales, una potencias vitales no previstas por el feminismo del centro del Estado. Además, la devaluación de estas mujeres es uno de los argumentos que utiliza el lesbofeminismo y, una parte del ecofeminismo español, para no apoyar las prestaciones universales por criatura a cargo porque reforzaría los roles de género; es decir, nada cambiaría y ellas seguirían metidas en las casas. Nos encontramos entonces con que no tenemos prestaciones porque somos unas antiguas las que cuidamos y la única salida es vernos abocadas a tener que apoyarnos en el sistema familiarista basado en el vínculo sanguíneo.

Pregunto, ¿no hay trampa aquí? ¿Dar prestaciones a todas las mujeres del Sur no generaría una posibilidad de poder para ellas y por consiguiente nuevos escenarios vitales, nuevos escenarios sociofamiliares? ¿qué le pasa al feminismo hegemónico español con las provincias del Sur? ¿se supone que devalúa el poder que podrían obtener las mujeres patriarcalizadas frente a las mujeres urbanitas-deconstruidas? Porque yo veo mucha domesticación patriarcal en esa lógica urbanita de negar el cuidado como lastre frente a ese deseo de hipersocialización capitalista y de intercambio -a lo loco- neurodominante donde todo está intelectualizado y nada pasa por el cuerpo.

Lucía- En el feminismo hegemónico no caben las mujeres del Sur Global como tampoco caben las mujeres de, lo que podríamos llamar, el “sur del norte”: mujeres de la huerta o de las pedanías de aquí de Murcia. Cabría preguntarse qué es el feminismo hegemónico y a quién representa; ¿será el feminismo que te deja participar en un partido político, el que te da alguna cuota de poder por tener una biovagina, el que te hace ocupar altos cargos de mando y autoridad en una empresa, el que te llena la cuenta del banco de ceros como si fueras una celebrity, el que te hace llegar a la presidencia de un país? Según lo veo yo, el feminismo hegemónico nace, crece, se reproduce y muere en espacios de privilegio básicamente eurocéntricos y heterocéntricos, en lugares, ¡qué contradicción!, sin disidencia ninguna, es decir, en lugares que son validados y legitimados precisamente por y desde el Poder.

Para entender el feminismo que se da en las mujeres del sur del norte, necesitamos la hermosa noción de feminismo intuitivo propuesto por la activista y feminista lesbiana María Galindo, un feminismo de mujeres que están respondiendo desde su vida cotidiana, desde su tejido social cotidiano a un proceso de despatriarcalización, a un proceso de rebelión respecto de mandatos y ataduras que es personal y colectivo. María Galindo en La Paz (Bolivia) junto con sus compañeras de Mujeres Creando se han hecho con un espacio de poder para confrontar y cuestionar el Poder, un espacio contestatario, desafiante y articulado desde lo colectivo. Y cuando digo colectivo me refiero a un tejido comunitario que ha puesto en el centro de su acción política los cuidados; se cuidan unas a otras: se apoyan, se protegen, se sostienen. No son cuidados domésticos, son cuidados políticos. Esto me parece valiosísimo. La desvalorización de las redes de apoyo vecinales y afectivas de las mujeres del sur del norte, y la invisibilización del potencial emancipatorio y las fortalezas, como tú dices, que tienen estas mujeres en sus entornos más inmediatos son cuestiones que sí, efectivamente, se ignoran desde los atriles del feminismo que sube un tuit cada vez que va al baño, ocupando unos espacios públicos y participando en unos foros generadores de opinión que de alguna manera están negando la existencia/resistencia de otras muchas mujeres: esta forma de organización que se da en estas otras subculturas feministas pasa absolutamente desapercibida. Ya sabes, lo que no se nombra, no existe.

Fuera de las esferas explícitas donde actúa el feminismo más politizado (las asambleas, los grupos auto-organizados que proponen charlas, debates, lecturas, etc, todo esto en entornos urbanitas) existe también por decirlo con Juliano otras reivindicaciones implícitas, propias de la sociedad tradicional, otras técnicas de reivindicación feminista, otras estrategias de supervivencia y de autoafirmación mucho menos reconocidas y más difíciles de entender por las mujeres urbanitas, politizadas, formadas en crítica y teoría feministas. Esta barrera entre las feministas urbanito-formadas y las feministas de los entornos más rurales (campo, huerta, pedanías), es una barrera que obedece lógicas muy parecidas a la que separan a las feministas blancas del Norte Global de las feministas del Sur Global.

Lo que le pasa al feminismo hegemónico con las provincias del sur del Estado Español, y lo que le pasa al feminismo hegemónico con el trabajo maternal y la negación de los cuidados, por contestarte con una línea, es que es machista y terriblemente prejuicioso, discriminatorio y clasista y sigue lógicas patriarcales de conquista y colonización intelectuales. El feminismo hegemónico es un diálogo del Poder con el Poder que ignora o incluso desprecia la disidencia que está gestándose en sus márgenes. Tal y como yo lo veo, y por volver a la cuestión del trabajo maternal, plantear siquiera que la maternidad y el feminismo están reñidos y son excluyentes significa volver al los principios de los filósofos heteruzos de separar razón y emoción, donde la razón es un valor masculino y por lo tanto de primera categoría, y la emoción un valor femenino, secundario y prescindible.

El feminismo que establece jerarquías de validación de lo que sí y de lo que no me parece que está más cerca de las lógicas de dominación patriarcales que de las estrategias de un pensamiento que tiene como meta la liberación. Denostar los cuidados, las redes de apoyo, el tejido social, etc, sí me parece propio de un pensamiento neoliberal e individualista. Me parece una representación de las relaciones afectivas castrante y empobrecedora. No digo que sea deseable volver a la mística de la maternidad ni al ángel del hogar, digo que quizás sea genial y absolutamente brillante que hagamos de la maternidad patriarcal, por decirlo con Itziar Ziga, nuestro propio zulo, que seamos capaces de repensarnos, reinventarnos o rediseñarnos un escenario donde el trabajo maternal escape de los cuestionamientos sociales y políticos. La cuestión fundamental aquí es si es posible una maternidad que, sin dejar de ser emocional, sea más política que doméstica; si es posible que la noción ‘madre’ deje de ser una categoría doméstica y pase a convertirse en un sujeto político potente.

Por último, y ya termino, en cuanto a lo que comentas sobre las prestaciones, bueno, la misma lógica que se aplica al trabajo sexual podríamos aplicarla al trabajo doméstico o al trabajo de cuidados. El mensaje que llega es claro: el amor canjea el esfuerzo y sirve de premio y aval de decencia para todo si eres mujer y formas parte del entramado sexo-afectivo. Si eres hombre, tu esfuerzo, tu trabajo, tu tiempo, se ven remunerados y traducidos en salario; nosotras no, nosotras mejor follar, trabajar en la casa y maternar gratis, que para eso el amor (o el sexo) es gratis y está muy feo comprarlo. Se mezclan aquí los argumentarios de larga tradición religiosa (que ya nos inculcaron perversamente eso de la sumisión, el sacrificio y la abnegación) con los machistas-leninistas, empeñados en sacar el tema del género (el femenino, claro) del discurso desigualitario de la lucha de clases. ¿Cómo, pensaban estos hombres –muchos padres de familia y muchos con la mujer en casa trabajando gratis- cómo pueden ir a parar los beneficios de la producción a las manos de los que en realidad no producen? Eso, eso mismo nos seguimos preguntando nosotras.

Luisa- Está claro que todo el lío en el que históricamente nos ha metido el patriarcado o falosistema opresor va de vendernos, más bien inocularnos, amor como eufemismo de trabajo y que por ese motivo no pueden ser considerados como tal. Te hago una analogía con el sistema de esclavitud que armó la colonia española y portuguesa durante del siglos XVI, XVII, XVIII y XIX en gran parte de América, sistema que sostuvo -con sus cuerpos- todo el sistema económico de la colonia, sistema de esclavización de cuerpos secuestrados para llevar a cabo trabajos que no eran considerados como trabajos desde la lógicas blancas, trabajos que eran invisibles y devaluados, como sucede con el trabajo materno, y según nos cuentan investigadoras/pensadoras afroactivistas como Shelia Walker, creando un territorio psíquico en el que habitaban los cuerpos esclavizados a través de estrategias donde se combinaba el paternalismo y terror (físico y psicológico). ¿No te parece curiosa la analogía, Lucy, de estar manteniendo con nuestros cuerpos un trabajo indispensable para la continuidad de la vida, que no es considerado trabajo si lo hace el cuerpo gestante y/o sostenedor, que a su vez es un trabajo que sostiene toda la acumulación de capital y todo el sistema per se, y donde se nos aplican herramientas muy sofisticadas de paternalismo (medicalización, negación de la bionecesidades de los cuerpos gestantes, existencia de la figura jurídica del “buen padre de familia” en el código civil, obligatoriedad del salario para recibir prestaciones ridículas, etc) y terror (obligación de parir bajo mandato médico, negación de los derechos de las criaturas durante la primera infancia, vigilancia médica, pérdida de tutelas, violencia obstétrica, negación de los procesos de re-estructuración psicológica durante el puerperio, etc)?

Lucía- ¿Que si me parece curiosa la analogía? Curiosa por decirlo suave. Me parece perversa. Perversa porque es un paralelismo que encierra mucha verdad. Mucha verdad literal y mucha verdad metafórica, y de ésta última me gustaría hablar, porque la ocupación de los territorios y los cuerpos no se hace tan sólo de las formas más explícitas y visibles que has comentado, sino también a través de discursos y otras violencias simbólicas más difíciles de visualizar. Para entender la estrecha relación que guarda el patriarcado con la colonización y los anhelos imperialistas, y las violencias metafóricas que comportan, podríamos pensar en las matrioshkas: esas muñecas rusas con otra muñeca dentro y otra muñeca dentro y otra muñeca dentro. Es por esto por lo que María Galindo dice que no se puede descolonizar sin despatriarcalizar; y es por esto también que muchos colectivos y activistas llevan en el eje de su lucha lo antirracista-decolonial unido a lo feminista y lo antipatriarcal.

La colonización sería una muñeca más pequeña dentro de otra muñeca más grande que sería el patriarcado, o si queremos ser más precisas en el esquema de dominación sexo-género, heteropatriarcado. La represión, como herramienta de control, queda representada bajo la óptica de la violencia simbólica paternalista en esa paulatina pero constante desvalorización de los discursos de todo lo que tiene que ver con el ‘universo femenino’; no hay ningún reconocimiento socio-político ni por lo tanto remuneración alguna en lo que hacemos las mujeres-esclavas del hogar y de la familia. A esta desvalorización han contribuido la tradición filosófica heteruza (vuelvo a los clásicos griegos) que nos definía como seres no dotados de la capacidad de raciocinio (imbecilización de las mujeres), la tradición romántica que nos consideraba seres indefensos, rescatables y victimizables (infantilización de las mujeres) y la tradición de la comunidad médico-científica (patologización de las mujeres) que nos ha tratado de brujas, de locas y de histéricas. Todavía hoy, las mujeres somos las mayores consumidoras de antidepresivos y las que más copan las salas de espera en los centros de salud, pero no quiero desviarme del tema.

¿Qué sujeto político, pues, va a consolidarse de este combinado imbécil, infantil y enfermo? ¿Qué sujeto político va a alzarse en este panorama biologicista donde se ha argumentado además durante siglos que somos así por naturaleza? ¿Se puede luchar contra la naturaleza? Me gustaría traer aquí, a propósito de esto, el concepto de ‘mentira organizada’ de Hannah Arendt porque creo que es fácil concluir que ha habido (y en muchos aspectos sigue habiendo) un discurso que ha sido orquestado a través de los siglos, las sociedades y las culturas, desde una única voz, un único punto de vista, que ha dado lugar a una única imagen legitimada por, desde y para el goce y disfrute del Poder Patriarcal, que es la de la madre patriarcal.

Cabría pensar que ya requeteleída la Butler este tipo de conversaciones no se dan, pero yo, habitanta del siglo veintiuno, he tenido que escuchar en no tan sólo una ocasión, barra de bar o café mediante, que está en “nuestra naturaleza” cuidar. Así que hay gente que no ha leído a la Butler, pero sí ha escuchado y tiene bien interiorizadas las enseñanzas del Patriarcado. Es en esta otra violencia, la de los preceptos sociales (todavía muy influenciados en nuestro país por nuestra larga y dura tradición católica), donde la madre queda relegada a la esfera de lo privado y lo personal, lo íntimo, en definitiva, lo no-político; porque político es lo que pasa en el Congreso (o en la calle, si hay suerte y alguien lo entiende) y no lo que pasa en casa. La madre como estampa sin trascendencia política ninguna, sin fuerza social, sin repercusión mediática.

Por eso me da tanta alegría, en este escenario de ninguneamiento de la madre como figura y sujeto político, acordarme de ese vídeo que vi esta semana de la cantautora chilena Camila Moreno en un discurso dado a raíz de todo lo que está sucediendo en Chile ahora mismo. Camila Moreno con su hijo en brazos visibilizando su trabajo maternal y su trabajo político. Camila Moreno fuerte y sólida con su hijo acoplado en la cadera hablando con tremenda vehemencia y lucidez a la masa humana que la escuchaba y la aplaudía. Camila Moreno con su hijo escurriéndose lentamente por su cadera derecha, el brazo izquierdo y el puño cerrado sacudiendo la energía que también se desprendía de su discurso.

Pero la colonización de los cuerpos a través de los discursos que quieren hacer de las personas una capa de asfalto homogéneo no es patrimonio exclusivo de las biomujeres. La teoría queer y algunos colectivos trans también han puesto estas violencias sobre la mesa, denunciando la medicalización de lo que podríamos llamar los cuerpos disidentes, resistentes o rebeldes al binarismo de género. Algunes autores, como Miguel Missé, incluso utilizan terminología del mismo campo semántico de los colonos: a la conquista del cuerpo equivocado. La ciencia médica (como la que describías invasiva, despiadada y autoritaria con el cuerpo de la mujer-madre) o los profesionalOs de la Verdad Indiscutible De La Ciencia siempre han argumentado en la línea patologizante y han hablado de enfermedades para justificar las violencias cometidas sobre y contra los cuerpos y obtener así la legitimidad de mantener las estructuras de poder y las jerarquías: los negros eran inferiores, las mujeres también, la comunidad trans ahora resulta que también está enferma.

Hace poco leía en facebook a una TERF preguntando irónicamente que a ver si es que la ciencia estaba ahora equivocada. Pues mira, sí. Ahora y siempre. Porque la ciencia son los científicos y los científicos son personas con una determinada carga ideológica. Como los jueces. Como los periodistas. Todos, a la luz de los acontecimientos y a la sombra de la historia, unos falsificadores y unos manipuladores. Pensemos si no en la comunidad gay, y acordémonos de cuando los gays estaban enfermos y eran diagnosticables y diagnosticados. Y digo gays porque las lesbianas tardaron más tiempo en tener una identidad homosexual, claro, las mujeres, como los ángeles o la entrepierna de la Barbie, no fueron considerados cuerpos sexuados ni sujetos deseantes hasta mucho más tarde (la Ley de Vagos y Maleantes del Líder de Todos los Nostálgicos no perseguía a las lesbianas, sólo hacía referencia a las prácticas sodomitas y al pecado de los hombres gays). Qué curioso y qué casualidad (¿o causalidad?) que el discurso científico, de tanto prestigio, tan serio, el más legitimado para ‘saber’ (como cualquier otro discurso que nace en el seno académico) se haya dedicado tanto y tan profusamente a dar explicaciones biologicistas sobre los, las y les subordinados al régimen blanco heterosexual respaldando todo tipo de sistemas de explotación jerarquizada.

(ahora pregunta Lucía Barbudo a Luisa Fuentes Guaza)

Lucía- Pero déjame que vuelva otra vez a la magnífica Camila Moreno, Luisa, creo que al trabajo maternal sacado ya por fin de la cárcel del hogar hay que volver una y mil veces, a ese sujeto-madre politizado emplazado inequívocamente en un contexto de incontestable comunicación política: la masa humana que escucha, que vitorea, que aplaude, el micrófono, los altavoces, la calle, las palabras, las razones, los argumentos, el brazo en alto, el puño cerrado, y… el hijo en la cadera. Hay que volver a esta imagen que nos regala la chilena una y mil veces. ¿Por qué no hay Camilas aquí? ¿Desde qué lugar o legitimidad el feminismo blanco eurocéntrico se arroga el hecho de autoproclamarse el feminismo “más avanzado”? ¿Es avanzar hacer política sin nuestres hijes? ¿Qué conversaciones con nuestras compañeras feministas del Sur Global nos estamos perdiendo?

Luisa- Creo que la imagen de Camila es poderosa porque habla de algo que existe ya, y que siempre existió, en todos los cuerpos que maternamos o cuerpos que asumimos los trabajos que gestación y/sostén. Habla de un sentir generacional ya formateado en nuestros cuerpos o si hacemos casos de la existencia de los campos mórficos en la transmisión de la cultura como especie –ya que cuerpos/cultura es una imbricación irrefutable-, se nos revela una trama que nos atraviesa: la de centralizar la vida y armar políticas que deriven a partir de-lo-vivo- para todos los cuerpos vivos (cuerpos animales-humanos, cuerpos animales-nohumanos y cuerpo-viviente naturaleza).

Nosotras/nosotres somos hijas del techno, de esos after como comunidades de auto-organización social anticapitalista fuera de los horarios de la verga neoliberal enloquecida, de la raves en la orilla del mediterráneo, de dislocar el género a partir de las 4 de la mañana, de vivir a partir de unas madres currantas -a saco- que articularon la clase media de facto, porque siempre he sentido que nuestras madres (madres como constructo bajo el paraguas de cuerpo-comunidad-femenino como territorio patriarcalizado) trabajaban más que nuestros padres (también construcción identitaria heredada de las asignaciones al paterfamilia) al tener dobles y triples jornadas por la negación pública del trabajo de sostén y doméstico (afortunadamente nuestros padres siempre estaban, deliciosamente, ausentes bajo esa desafección patriarcal que los encerraba en un yoísmo infantiloide en la petulancia de ser cuerpo-proveedor material).

Somos hijas/hijes del Bakalo, del indie, de los festivales-campamentos, de la explosión del 15M como repulsivo generacional, de estudiar-estudiar-estudiar y de seguir estudiando, y de toparnos de morros con los pactos sociales postfranquistas desde niñas/niñes campando en nuestras casas teniendo que tener cuidado del primo de tu primo que te quería tocar las tetas -esas que te molestaban para seguir funcionando lo más libremente posible, esas que te habían encadenado a tener que manejar una carga sexual proyectada en ti esclavizadora-.

Somos hijas/hijes de las provincias del Sur del Norte –como tú, maravillosamente, nos nombras- que es otro level hacia abajo en la escala de las desvalorizaciones que una, teniendo un cuerpo devaluado por las lógicas de lo femenino, tiene que trascender.

Lo interesante es que en las provincias los cuerpos funcionan como herramienta de aprendizaje frente a como se sitúa la provincia desde el centro como lugar subalterno en lo simbólico, lo cual (esa designación de subalteridad) genera un proceso de colonización de nuestra subjetividad cuando quieres insertarte en un contexto urbano, centrista como Madrid, donde el aparato del poder nunca ha parado su fabricación de colonialidad, lo que irremediablemente conlleva una colonización del deseo, una domesticación de las fuerzas de-lo-vivo.

En la provincia todo se disloca más. Las construcciones identitarias van más a lo loco, todo llega como distorsionado a los bordes y eso genera mucha posibilidad de auto-decretos identitarios y propias estrategias emancipadoras freestyle, porque el aparato del centro, aunque se está siempre intentando imitar, está lejos. Somos hijas de esa dislocación del progreso y del trabajo duro de nuestras madres y abuelas. Trabajo muy duro repleto de silencios, dolores y de negación del cuerpo agotado/exhausto a todos los niveles (con la normalización de la concesión de los favores sexuales para mantener el chinringuito material-afectivo de la familia, por esa obligación a ser una despensa emocional a fondo perdido, por esa vivencia de lo público a través del arresto domiciliario que conllevaba el trabajo doméstico, por el arrase sistémico de los sentires corporales, etc).

Estamos atravesadas por la ambivalencia de haber vivido/asimilado un cuidado cargado de dolor, de opresión, de renuncia, donde quedó arrasada toda pulsión de goce. Donde no existía el disfrute fuera de la machoeyaculación o lo machocircundante.

Hemos mamado a sangre el tándem cuidados/sufrimiento, y ahora ansiamos poder articular un sostén desde la emancipación para todos los cuerpos, no sólo para los cuerpos blancos, sin posibles cuestionamientos que valgan, emanciparnos todas/todes sin argumentarios neoliberales para justificar la neo-esclavitud de las profesionales domésticas que provienen de entornos castigados por la historia colonial o la vulneración de los derechos de las criaturas, porque la emancipación no puede pasar por: negar nuestra sangre, la leche de nuestras tetas, los coágulos de menstruación que nos cuelgan, nuestros cuerpos enfermos por la hormonación sistémica de dispositivo legítimos “emancipadores” como la sacro-píldora, por la negación política de los bioprocesos que nos atraviesan las carnes y pies, por la negación del dolor psicológico patriarcal que arrastramos, del dolor psicológico que genera el barrido de la extrema vulnerabilidad psíquica y física durante el puerperio, por la desvalorización del sudor catártico de bailar 6 horas una sesión de Pional empastillada de éxtasis, por el derecho fundamental de poder disfrutar del calor de los otros cuerpos para que el vivir/sentir/proyectar pase por un territorio donde se puedan trascender esas narraciones turbocapitalistas de negación, donde se puedan desmontar esas lógicas devaluadoras de nuestras vulnerabilidades, donde dejemos de identificarnos con deseos introyectados o, dicho de otra manera, donde seamos conscientes de esos deseos que nos han inoculado desde la tutela que parte del falocentrismo más brutal, donde todo es por y para que una verga eyacule, que además la hacemos nuestra (la verga), en el más absoluto silencio de la inconsciencia política.

Nos toca ahora rescatar/rescatarnos y armar territorios psíquicos articulados a partir de deseos que no generen escenarios de consumo. Deseos que posibiliten nuevas manera -o modos- de organización política, nuevas maneras de imaginarnos, nuevas manera de nombrarnos, otros lenguajes desde nuestros cuerpos, otras posibilidad epistémicas desde los goces, potencias, habilidades que emergen fuera de la matriz de lo productivo, fuera de esas lógicas de rendimiento.

Ser por ser, simplemente, ser desde los cuerpos, ser desde nuestros cuerpos. Y toda esta potencia emancipadora, cuando entramos en el trabajo materno, en las maternidades, es inexistente y además muy apuntalada su imposibilidad.

Si haces la actividad humana de maternar no existen posibles lugares donde desarrollar el trabajo materno desde estas coordenadas que demandamos. Y ver a Camila Moreno, como una imagen de desborde total de la tutela y domesticación de los feminismo euroblancos, nos potencia, nos araña, se nos engancha internamente con un grito nuestro que aúlla, y que está hartísimo de no encontrar respuestas en los movimientos emancipadores que supuestamente nos tiene que facilitar/acompañar hacia lenguajes que respondan a estas obviedades corpo-políticas para nuestra generación, más allá del simplismo de tildar nuestras demandas, estas prioridades políticas desde-la-vida-para-la-vida, como un lugar antiguo, reaccionario, de burguesas decepcionadas, como lugar ya superado por la teoría crítica feminista, porque nuestro empuje es muchísimo más complejo, y por lo tanto las respuestas a elaborar también, a demás formamos parte de una transición paradigmática –anchísima- desde donde estamos articulando lenguajes posibilitadores de toda esa pulsión emancipadora en los trabajos maternos.

Y al ver una imagen de una compa chilena que ya está funcionando en ese espacio que nosotras/nosotres -al ser tan obedientes- no abrimos, nos recuerda que los privilegios como blancas del primer mundo, nos tienen encerradas en un territorio atravesado por fuerzas conservadoras de la vida, estamos, evidentemente, en un andamiaje conservador del trabajo materno (también, desde las propias feministas hegemónicas) donde la imaginación política está amputada o deriva en el simplismo que poner el foco en el trabajo materno es reforzar los roles de género o toda la mitologización de lo femenino, cuando -como tú bien decían antes, Lucía- somos herederas de Butler, y aunque muchas sigamos funcionando en una designación identitaria binaria hetero (más por domesticación) no significa que no hayamos integrado que toca desmontar la normatividad del género y trasladar este disloque a la normatividad sobre las maternidades.

Butler, no estaba muy interesada en lo reproductivo, pero nos ha dado una pista fundamental para desmontar todo el entramado de tecnologías normativas que enjaulan a los trabajos maternos y como consecuencias a nuestros cuerpos y a los de nuestra criaturas.

Nuestras compañeras y colegas del sur Global, con las que tenemos muchas conversaciones en abierto, y con las que coincidimos en ese deseo que no emerge de demandas en común sino de la pulsión de ser más fuertes remando juntas, de la fuerza de lo comunitario (como dice la pensadora feminista, Natalia Cabanillas, en Miradas en torno al problema colonial, 2019), nos muestran que las directrices del proceso de blanqueamiento de todo lo propio a la reproducción social excluyen la centralidad de cuidado de lo-vivo desde la politización de los cuerpos, como lugar desde el que partir, y a su vez estas directrices blanqueadas, a las feministas del Sur del Norte –como bien señalas tú, pivotando desde nuestro Sur de Europa, Murcia, Sur del PIGS-, nos hacen enfocar nuestro proceso de descolonización del trabajo materno desde ahí, desde donde están ya nuestras compañeras del Sur Global, en este caso nuestras colegas chilenas, nuestras Camilas hermanas.

Como también nos contaba ayer la pensadora y arquitecta feminista chilena, Camila Barreau Daly, con conversación abierta aquí, en Cuidando en las protestas que “la vida misma se ha rebelado contra la camisa de fuerza capitalista” y estamos en un tiempo de pensar en la revolución como revulsivo en el espacio público a partir de las movilizaciones, marchas, caceroleos y cabildos ciudadanos, pero también como revulsivo en el proceso de despatriarcalizar los hogares y dignificar el cuidado que sostiene a la revolución (como también diría la pensadora española, Carolina León).

¿Cómo puede ser que la propia izquierda siga reproduciendo modelos donde la práctica materna niegan sus propios bioprocesos, aquellos que atraviesan nuestros cuerpos, una vez que asumimos el trabajo reproductivo?

Será que en Camila Moreno ya funciona esa izquierda crítica que integra el cuerpo, los cuerpos maternos, como templos políticos, y como matriz para un andamiaje político-doméstico que no niegue todo aquello que cuando es borrado, nos aboca a las lógicas de la muerte, hacia esos deseos introyectados donde el individualismo se instala como estrategia social ahogando la posibilidad de un interdependencia corporal, interdependencia de los cuidados, desde los cuerpos que cuidan. Ahogando y barriendo las demandas políticas desde nuestras carnes y nuestras pieles.

Mil gracias, Lucía, por este revelador intercambio que sólo ha sido el comienzo de un terremoto feminista imparable (por muchas olas neofascistas que vengan).

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