“Si encuentro que hay algo de esperanza en este mundo, es desde justamente las labores de cuidado –es decir, que no sólo puedo entender la maternidad en relación a la explotación y el patriarcado, y claro que el modelo Capitalista está sostenido por la invisibilización de esa labor como bien lo ha dicho Silvia Federici” -Gabriela Jauregui. “Cuando se nos pase el enfado y los falo-cuerpos entiendan y asuman su pérdida de poder/privilegio, podremos ir articulando un supuesto horizonte de equilibro entre cuerpos que asumen actividades humanas, no entre entre “padres” y “madres”, no entre “hombres” y “mujeres”, sino entre cuerpos que asumen su propia/genuina identidad de género, su propia/genuina práctica afectivo-sexual y desde ahí los Trabajos Maternos” -Luisa Fuentes Guaza.

Obra cabecera: Anna Maria Maiolino Por um Fio de la serie Fotopoemaçao, 1976. Cortesía del Museo de Arte Contemporáneo, Los Ángeles, foto de Regina Vater.

Segunda parte de la conversación con la pensadora, escritora, poetisa y editora, Gabriela Jáuregui (Ciudad de México, 1979) la cual se incluye en el libro MM. Maternidades -edición y prólogo de Andrea Fuentes, textos de Gabriela Jáuregui, Clarisa Moura, Andrea Fuentes, Pilar Villela, Violeta Celis, Sara Schulz, Jazmina Barrera y Abril Castro (Caja de Cerillos Ediciones, México)-.

Su publicación, aquí, forma parte de las estrategias impulsadas por el Pulsador de Movilizaciones Internas sobre Trabajos Maternos (arrancado desde Futuridades Maternales y en desarrollo dentro del programa de Actividades Públicas del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de marzo a julio 2020) para ahondar/abrir y poner en circulación textos publicados sobre la dimensión política/filosófica/sociológica de la reproducción social y con ello ampliar las posibilidades críticas de tales actividades humanas (gestación/sostén y sostén).

Luisa- ¿Crees que estamos en plena transición paradigmática de los distintos modos de maternar o Trabajos Maternos como parte del movimiento feminista no-colonial no-racializado no-esencializado?, ¿sientes que el feminismo hegemónico, el de las lógicas norte-norte blanqueadas, nos ha enjaulado en unas maneras de llevar los Trabajos Maternos y el sentir del cuerpo donde toda las corpoexperiencias de aprendizaje que nos atraviesan deben de ser anuladas porque reconocerlas se traduce en una dimensión devaluadora, biologizante o esencialista?

¿Podemos asumir estos bioprocesos y exigir su correspondiente tratamiento político desde un contexto postidentitario no-racializado no-colonial?

Según lo que nos contaba la psicóloga feminista, Victoria Sau, en “El vacío de la maternidad. Madre no hay más que ninguna” (1995) la “madre” como construcción subyugada a un territorio patriarcalmente oprimido genera intraviolencia entre sus semejantes para señalar los defectos y carencias que la construcción “padre” o el “amo” -de Aude Lorde- narra sobre el constructo “buena-madre” para mantener su lugar de poder (más bien de ficción de poder). ¿Seguimos repitiendo estas dinámica de oprimidas generadoras de violencia hacia otros cuerpos que no ostentan el mismo lugar en la cadena colonial? ¿Es el constructo “buena-madre” la guardiana del orden patriarcal? O simplemente, ¿la construcción “madre” encierra ya ese peso de violencia hacia otros cuerpos/gestantes-sostenedores y cuerpos/sostenedores?

Gabriela: Me gustaría hablar de la experiencia opuesta a la que menciona Victoria Sau. No para contradecirla, si no para señalar que hay otros mundos posibles y otras formas de convivencia. Si no fuera así, yo no sería madre de dos hijas. Maternar no solamente es ser oprimida por el sistema de biopoder y del capitalismo, no siempre, y no solamente hablo de tener hijos en una clase privilegiada. Hablo de las maternidades en diversas cuerpas en las que maternar también es resistencia, es ternura y aprendizaje, es conexión, y también es tejer redes de solidaridad entre muchas mujeres, mujeres de generaciones diferentes, mujeres distintas de mundos diversos que de otra forma quizás no tendrían un vínculo en común. No me interesa entonces tanto hablar de la “buena madre” como guardiana del orden patriarcal, si no de las mil y un formas en que las madres (muchas, la manada de malas madres) vamos desgarrando ese mismo orden patriarcal. Si nuestros cuerpos como territorios han sido y siguen siendo despojados y desposeídos (a través de varias formas, una de ellas puede ser también pero no es exclusivamente la maternidad y lo ha sido por siglos), también hemos (o)puesto el cuerpo como inapropiado e inapropiable. Las maternidades en resistencia nos llevan a pensar, imaginar y vivir el cuerpo en otros tiempos, en otras técnicas, en vínculos político-afectivos que se pueden abrir desde el deseo y la co-crianza, la experiencia de la alteridad radical y más.

En un tema separado, una de tus preguntas no siento que tenga que ver forzosamente con el de la “buena madre”, si no directamente con el colonialismo y el capitalismo y sus condiciones de opresión: en efecto, las mujeres occidentales siguen ejerciendo poder sobre otras mujeres, incluso dentro de círculos feministas o grupos supuestamente deconstruidos. Esta es una crítica que varias mujeres de pueblos originarios en América Latina han hecho al feminismo occidental, lo mismo que las mujeres afroamericanas a sus pares blancas en EUA por nombrar un par. Sin embargo son conversaciones que se están llevando a cabo, y hay cambios reales que también están sucediendo. El ejemplo del encuentro de las mujeres que luchan, una invitación de las mujeres zapatistas a casi 10 000 mujeres del mundo entero a encontrarse y trabajar (¡y también festejar!), en un espacio exclusivamente de mujeres y a llevar esos aprendizajes y compartirlos en comunidades rurales en cinco continentes y también en nuestras propias comunidades urbanas donde las luchas y los despojos de nuestros cuerpos están relacionados aunque se manifiesten de formas distintas. Pero eso mismo me hace pensar que no vivimos para nada un nuevo paradigma no-racializado o no-colonial, y tratar de hacer como que la raza o clase o el colonialismo ya no existen es otra forma de violencia.

No hay un movimiento que sea no-colonial –no-racializado, ni postidentitario, esas son fantasías de blancos que se creen de-construidos: el mundo no está allí, no existe un mundo posracial o poscolonial y hablar como si así fuera me parece que rápidamente puede convertirse en una forma sutil y enredada de violencia académica que busca borrar todo lo que incomoda.

(Pregunta Gabriela a Luisa). Ahora mi pregunta a ti es: más allá de la jerga teórica, ¿cómo incorporas todo este pensamiento en tu práctica cotidiana, literalmente, cómo lo vives en tu cuerpo?

Luisa: Lo vivo de una manera en la que nunca antes había vivido mi cuerpo, de manera contradictoria, subversiva y a la vez poderosa. Siento el cuerpo atravesado por muchas tutelas, mandatos y cadenas históricas, con muchos límites que te dicen qué es maternar, que te dicen que esta actividad humana NO es un trabajo per ser. Te dicen cómo has de sentir el cuerpo maternando, frente a una potencia inabarcable de goce, amor y profundidad, de estar con otros cuerpos afectándonos de manera física, cuerpos que necesitan mi cuerpo para sobrevivir, mostrando una riqueza sin igual en esa interdependencia, como un caudal inmenso donde te encuentras con nuevas maneras de organizar lo íntimo, nuevas maneras de organizar lo público, nuevas maneras de desarrollar los vínculos y nuevos intereses para vincularte fuera de todo el adoctrinamiento que hemos recibido según el entorno sociocultural en el que está enraizado cada cuerpo gestante/sostenedor y/o cuerpo sostenedor.

Lo vivo como un aprendizaje continuo donde reconozco que a partir de mi cuerpo se crean otros cuerpos, se alimentan otros cuerpos. A la vez, esto convive con el sentirme/asimilarme como un cuerpo-explotado porque la gestación/sostén y trabajo de crianza es un trabajo descomunal sin un apoyo político real en toda su correspondiente dimensión. El cansancio del cuerpo-explotado lo entiendo como una herramienta de disciplina social que de manera invisible va cargando todo ese trabajo sobre su carne por la división sexual del trabajo que ya nos explicó Federici. Entiendo que nos quieren cansadas, porque el cansancio no es emancipatorio y porque la potencia del capitalismo radica en la expropiación de la producción de cuerpos humanos y paradójicamente esta “fabricación” es considerada no productiva y sistemáticamente ninguneada. Todo un disparate político, toda una aberración sistémica, que habla de cómo el constructo “femenino” es un territorio identitario articulado a partir de unas asignaciones y atribuciones devaluadas históricamente que refuerzan la mitologización del cuerpo/naturaleza y la negación de las potencias y posibilidades de los cuerpos distintos al falo-cuerpo o “cuerpo-comunidad-masculino” introyectando una identidad donde se asume la pérdida de poder neurofísico y político.

Vivo mi cuerpo como cuerpo que materna como si existiese un “amo” -entendiendo “amo” desde la perspectiva de Nancy Fraser como sistema que jerarquiza y oprime- que nos exige a los cuerpos que podemos gestar/sostener y a los que deciden sostener que le regalemos todo ese trabajo inconmensurable, sin rechistar, sin dignificarlo y ni cualificarlo a nivel económico (puntualizo que desde mi enfoque la gestación es ontológicamente inseparable del trabajo de parto, apego inicial, lactancia en la modalidad que elijas, de la exterogestación y del puerperio inicial de los 0 a los 2 años de la criatura, entendiendo que el cuerpo gestante/sostenedor tiene soberanía y prioridad total en este proceso dado el Trabajo innenarrable que está haciendo a todos los niveles).

Vivo todo lo que nos atraviesa durante las maternidades o Trabajos Maternos de manera ambivalente porque vislumbro la oportunidad generacional que tenemos en nuestras manos, la potencia de nuestros corpo-saberes, de poder convertirnos en hacedorxs de unos nuevos ejes de coordenadas desde donde incluir estas actividades humanas partir del sentir de nuestros cuerpos, pero que a su vez el lugar que habitamos es el de cuerpos-explotados. Un lugar devaluado hasta por el propio feminismo de la Igualdad.

Veo como ese “amo” que nunca ha menstruado, ni gestado, ni parido, ni sentido el apego inicial, ni ha podido lactar, ni tampoco, históricamente, ha puesto su cuerpo a disposición del sostén, niega nuestro sentir como corpoexperiencias legítimas. Niega cómo nos vemos atravesadas por procesos encarnados. Niega la dimensión política del Trabajo Materno como tal, como trabajo estructural, emocional, físico, alimenticio, educacional y social. Niega que cada una de las criaturas que sale de nuestros cuerpos será una fuerza de trabajo más para el sistema (mirándolo desde su propia terminología productivista/extractivista cuando en realidad deberíamos armar otros paradigmas a la hora de entender y abordar estos trabajos del cuidado y sostén humano, tal como señala la pensadora e investigadora, Helena Chávez, en una entrevista aquí).

Vivo la maternidad o Trabajo Materno como un lugar donde poder desmontar todas las tutelas que atraviesan nuestros sentires, como un revelador territorio donde poder alcanzar ser cuerpos sin cadenas.

Luisa- Ahora te lanzo una pregunta, Gabriela, ¿crees que negar la potencialidad de las maternidades no es un tipo de violencia invisible para seguir controlado nuestra soberanía corporal y por lo tanto la soberanía del Estado-nación? ¿Es el Estado el que necesita nuestro cuerpo, el cuerpo gestante/sostenedor, para hacer visible el control en el territorio físico?

Gabriela: Los límites y mandatos vs. el goce y el amor… Creo que allí está el meollo del asunto. ¿Cómo se equilibran? ¿Se equilibran? ¡Madres! Vivimos en una lógica anfibia, como la llama Rita Segato, con pies en dos mundos o realidades contradictorias. Hace algunos años leí Tiempo de Swing de Zadie Smith y hay un fragmento que leo y releo porque lo leí cuando mi hija transicionaba entre lo que que llaman en inglés los terrible twos, y el ser threenager una edad justamente anfibia para ella también, entre ser bebé y ser niña, en la que estaba con un pie en una etapa y otro en la que sigue, y recuerdo que me pareció totalmente pertinente:

¿Qué queremos de nuestras madres cuando somos niños? Sumisión absoluta.

Ah, es muy bonito y racional y respetable decir que una mujer tiene todo el derecho a elegir su vida, sus ambiciones, sus necesidades y demás: es lo que siempre he reivindicado para mí misma. Pero de niña, no; la verdad es que es una guerra de desgaste, la racionalidad no interviene ni por asomo, lo único que quieres de tu madre es que de una vez por todas reconozca que es tu madre y nada más que tu madre y que deje de librar cualquier otra batalla. Debe deponer las armas y acudir a ti. [… ] Sólo de adulta llegué a admirarla de verdad, sobretodo los últimos años de su vida, los más dolorosos, por todo lo que había hecho para arañar un espacio propio en este mundo. De pequeña, su negativa a someterse a mí me confundía y me dolía, y más aún porque no creía que su resistencia se justificara con ninguno de los argumentos típicos […] A mi modo de ver disponía de todo el tiempo del mundo, ¡y aun así no conseguía su sumisión absoluta! La impresión más temprana que conservo de ella es la de una mujer tramando una huida, de mí, del propio papel de la maternidad” (Zadie Smith, Tiempos de Swing cap.3)

Me encanta esa cita de Zadie Smith, quien además de escritora es madre, y claro, también fue hija. Me encanta porque por un lado, cuando la leí, como te decía tenía a una hija de unos dos casi tres años y sentía que describía a la perfección la voluntad de mi hija a hacerme suya, lo que en la traducción de Smith llama sumisión (su-misión). Y esto no es para nada el mismo tipo de sumisión que busca el Estado Nación, claro está, de hecho lo que exigen los hijos de nosotras es otra cosa totalmente distinta que las tutelas de las que hablabas del afuera, del patriarcado, del estado, del capital, y al pensar en eso, para mi se abre un espacio de reflexión distinto, un espacio de posibilidad al pensar esa exigencia de lxs hijxs como algo que pone en cuestión nuestra individualidad y todo lo que esto nos puede poner a reevaluar. Al mismo tiempo, el texto habla de una madre que busca y logra encontrar su propio espacio, que huye del papel tradicional de la maternidad al que adscriben las madres vecinas, las madres de las amigas de la protagonista justamente.

También, como decía, lo que abre más allá de lo que está allí escrito, es esta idea de una hospitalidad radical: la del cuerpo en el embarazo y del ser en la maternidad, y de una entrega casi subversiva del yo al otro en una lógica totalmente anti individualista y anticapitalista. Para la hija, la madre no es un individuo, es una extensión de su ser, más que ella ser una extensión del ser de la madre (como generalmente se habla en psicología). Lo que requiere la maternidad, si nos salimos del análisis puramente económico del mandato patriarcal de presión y explotación de nuestros cuerpos, es vivir en una contradicción existencial entre el ser que busca arañar ese espacio propio, como mujer en un mundo patriarcal y violento, y ese ser que es consumido y que quiere ser por otro ser que justamente no tiene otro poder en lo absoluto más que esa voluntad de “sumisión”. Esa otra parte sería como un acto de entrega, como una labor de desindividuación absoluta con un potencial político subversivo también. Y es dentro de esa contradicción que siento que puedo vivir una maternidad radical. Y que esa lucha por arañar el espacio propio, es una lucha para que ese espacio que se araña, las hijas, las amigas, las hermanas, las desconocidas, las que vienen, lo puedan hacer más grande, no solamente es un espacio egoísta, es un espacio para todas. Y por cierto, eso es parte de lo que se discute en la trama de esa novela también: los vínculos entre madres, hijas, amigas, maestras, mujeres.

(Pregunta Gabriela a Luisa) Y vuelvo al inicio, ¿se equilibran estas contradicciones? Es deseable siquiera que se equilibraran? Y según tú, si sí, ¿cómo?, y si no, ¿porqué?

Luisa: Es deseable equilibrar. Creo que la contradicción comienza en la asimetría de la que partimos, de todo el sedimento inconsciente que a su vez genera unas determinadas dinámicas, de toda una tradición sociohistórica donde nunca se ha podido vivir las maternidades o Trabajos Maternos desde un lugar de libertad del ser, desde un lugar de potencia del sentir, desde un lugar en el que habitan cuerpos emancipados. Actualmente las actividades propias a la reproducción social no rozan, ni de cerca, la emancipación de ningún tipo, son territorios profundamente patriarcalizados, en la tradición occidental hemos sido reducidxs a ser úteros del Estado-Nación. Simples herramientas reproductivas que asumen sobre sus cuerpos una carga de trabajo brutal invisible/negada/devaluada y con la exigencia de no rechistar ante el miedo a ser expulsada o peder esa “parcelilla” de ficción de poder que te ofrece el falosistema.

La experiencia desde la que parte mi vivir viene de ahí, de generaciones que han asumido el trabajo materno como único destino, como una carga inoculada desde estructuras de pater/neuro/macho/dominación donde el cuerpo está negado, y de manera colateral el cuerpo materno queda barrido, no hay palabras que lo nombren, no existe. Como dice la escritora feminista, Silvia Nanclares, faltan palabras, no hay palabras, no hay palabras.

Generación tras generación han tenido que ir manejando, desde sus propias astucias y manejos de lo sutil, desde los silencio más recónditos, cómo activar empujes emancipatorios invisibles al ojo del falo-Saruman, mínimos, minúsculos, imperceptibles a este ojo-patriarcal que pelea a muerte cualquier pérdida de poder o privilegio. Empujes para ir saliendo del arresto domiciliario del trabajo doméstico/reproductivo y a su vez ir jugando/negociando con representar las demandas que exigía la ficción de familia heteronormativa nuclear (cosa que afortunadamente si indagas un poco a nivel genealógico ninguna de nuestras estructuras de cuidado y sostén lo cumplía en su totalidad pero todas/todxs forzaban/representaban esa ficción, muy bien lo explora la performer, Paloma Calle, en el proyecto que ahora desarrolla “Por suerte, de cerca nadie es normal” (2020) en el Programa de Educación del Museo Reina Sofía).

La contracción viene de ahí, de toda la sedimentación histórica en la que se ancla la experiencia del Trabajo Materno, de tener que cuidado de manera forzada y ahora intentar articular un trabajo de cuidados desde posibles cuerpos emancipados. Resolver ese decalaje es lo que nos facilitará poder incorporar la dimensión política y económica de los Trabajos Maternos, tanto dentro los feminismos (pelados a muerte con las maternidades, perfectamente entendible, pero ya superable porque sabemos que la proletarización no es la llave, ni el santo grial emancipatorio, en este sistema de trabajo complejo y diverso en el que estamos) como también en el sistema público generalista.

Es muy deseable el equilibro porque eso puede significar que hemos podido trascender la designación de los roles de género, las atribuciones silenciosas que asume inextricablemente el cuerpo-mujer o cuerpo-comunidad-femenino.

El equilibro tiene que ver con lo igualitario y con el explosionar toda la construcción de la asignación maternidad-género, por eso creo indispensable poner en crisis el constructo “madre” y “padre” y desde la teoría crítica feminista, abordarlos como cuerpos gestantes/sostenedores y cuerpos sostenedores.

Esa sensación de una madre trabajadora que genera una dinámica en sus criaturas de “permanente huida” es algo muy generacional, yo también lo he sentido, lo he descodificado en sesiones de terapia dolorosísimas, pero la huida era la única estrategia de disidencia desde cualquier contexto ante unas condiciones opresivas en las que maternar se van haciendo cada vez más estrecho en función del racismo colonial donde se ejerce ese Trabajo Maternos y de las violencias que hayan atravesado al cuerpo que materna. Entender su huida, todo lo que tenía atribuido el hecho de ser “madre”, es para nosotrxs un lugar de poder subversivo, un lugar riquísimo de potencia, y una fuerte palanca de transformación. “Madre”, como tal, debe volatilizarse para armar otras maneras de nombrar a los cuerpos que asumen la responsabilidad profunda e irreversible que supone la gestación y/o sostén de las criaturas.

El día que no tengamos que huir será porque habremos logrado armar unas maternidades emancipadas o Trabajos Maternos emancipados, donde aterrizar en la maternidad no sea sinónimo de conseguir las llaves de una jaula fuertemente tutelada.

Gabriela: Yo no sé si creo en el equilibrio como algo deseable—aunque no por eso deje de creer en la muy necesaria equidad, que no es lo mismo que igualdad (paso del tema del ser iguales en el poder porque me parece que como bien apuntó hace años Foucault, el poder es el problema y estar igualmente jodidos en este sistema tampoco me interesa, por eso me gusta la palabra equidad, la siento más justa y no me gusta hablar tanto de mujeres empoderadas, ¿Hillary Clinton y Margaret Thatcher? No gracias.). Si encuentro que hay algo de esperanza en este mundo, es desde justamente las labores de cuidado –es decir que no sólo puedo entender la maternidad en relación a la explotación y el patriarcado, y claro que el modelo Capitalista está sostenido por la invisibilización de esa labor como bien lo ha dicho Silvia Federici. Pero al mismo tiempo, si el mundo no se ha acabado y si encuentro cualquier esperanza posible, como decía, también es justamente en esas acciones de cuidado, predominantemente ejercidas por mujeres, que van desde la maternidad hasta el cuidado del territorio, buscar a lxs desaparecidxs, entre otras. Si el cuidado sólo se ve como explotación/sumisión (mirada patriarcal) lo que se está obviando es lo mas importante: si existe la mínima esperanza que haya un futuro, una vida, es justamente gracias a los cuidados ínfimos, pequeños y cotidiandos que históricamente y hasta hoy han sido relegados a las mujeres. Me gusta mucho esta noción que mencionas de la huida porque la huida vista de forma positiva puede convertirse en la fuga, el punto de fuga a partir del cual podemos justamente empezar a imaginar y a vivir en nuestros cuerpos otras maternidades posibles.

Luisa- Cuando hablo de equilibrio, Gabriela, no me refiero a la “igualdad” que articula el “feminismo de la igualdad” desde la estructuras de poder feminista nortecéntricas, donde tenemos que asimilarnos en estructuras construidas a partir de la escala machológica, con un sistema gestado a partir de los deseos de una verga turbo-capitalista que sólo tiene como horizonte expropiar y acumular a partir del trabajo de otros cuerpos desde contextos devaluados. Nada tiene de deseable tener que asimilarte dentro de una “igualdad” que nos fuerza a tener que aceptar como propios unos los comportamientos de un falo que se separó de la naturaleza para dominarla, como diría Braidotti. La igualdad que se maneja ahora no es emancipatoria, es una estructura de ficción emancipatoria que pasa por asalariararte en las condiciones que esta verga loca, de que hablamos, dicta. Ya lo decía la teórica feminista, Carla Lonzi, en el Manifiesto de la Rivolta Femminile (Roma, 1970): “La mujer no se halla definida por su relación con el varón. La consciencia de este hecho es fundamental tanto para su lucha como para nuestra libertad”. Situando el constructo “mujer” como cualquier cuerpo actual que se ve sometido a un sistema de opresión y jerarquización.

Desde mis entrañas, lo que entiendo como deseable sería el poder equilibrar las maneras de nombrar, las manera de narrar nuestras experiencias, que los entornos que habitamos se llenen de significados y estructuras legítimas desde nuestros cuerpos llenos de carne, de leche, de tetas, de sangre, de desgaste, de potencia irreversible y desde el caudal epistémico de las corpoexperiencias para que otros “modos” de hacer sean posible y poderosos.

Con poder no me refiero al neoliberal sino al poder que emana de las fuerzas de lo vivo en los cuerpos vivientes, de las fuerzas del cuerpo-naturaleza, de las fuerzas de todos los cuerpos humanos y no-humanos vivientes en este planeta, como señala Suely Rolnik en su recién reveladora publicación “Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente” (2019). Me refiero a ese equilibrio deseable donde nuestros sentires despatriarcalizados han podido generar unos propios ejes de coordenadas desde donde generar maneras de entender y de vivirnos potentes, sostenibles, gozosas y no falo-dictadas; donde podamos ir superando toda esa carga inconsciente de devaluación de la que nadie habla, que se da por superada misteriosamente, pero que debe ser nombrada sin parar. No somos iguales, devenimos de habitar un estercolero histórico, de ser esclavas, siervas, obreras de los obreros (mis abuelas intuían una posible libertad entre sus cocidos infinitos y planchas axfisiantes que apenas podía ser rozada por las yemas de sus dedos gastados de tanta lejía, por eso nos daban la turra infinita para que no parásemos nunca de estudiar al haber nacido “mujeres”, cuerpo-comunidad-femenino, y de hecho mi madre, antes de fallecer, me hizo prometerle que nunca pararía de estudiar).

Cuando se nos pase el enfado y los falo-cuerpos entiendan y asuman su pérdida de poder/privilegio, podremos ir articulando un supuesto horizonte de equilibro entre cuerpos que asumen actividades humanas, no entre entre “padres” y “madres”, no entre “hombres” y “mujeres”, sino entre cuerpos que asumen su propia/genuina identidad de género, su propia/genuina práctica afectivo-sexual y desde ahí los Trabajos Maternos.

(Fin por ahora y gracias, mil, a las compañeras y colegas, Gabriela Jauregui y Andrea Fuentes Silva, por hacer posible la transición paradigmática acerca de los Trabajos Maternos en la que estamos trabajando)